TRES MENSAJES DE JOSÉ MARTÍ

     Nacido felizmente en el mes de la Epifanía, José Martí a través de su vida y su obra manifestó verdades que, enlazadas a su pensamiento específicamente político y revolucionario, pueden servirnos de apoyo, inspiración y aliento en los angustiosos trajines de la vida diaria y en la más invisible de nuestras tareas: la de darles un sentido de edificación espiritual.

     A tres de esos mensajes martianos queremos dedicar nuestras palabras de esta noche, cuando a la vez celebramos la Festividad de Santo Tomás de Aquino, a quien el propio Martí llamara, en su elogio de Cecilio Acosta, el “osado Tomás”,[1] porque en efecto tuvo la osadía de proponer las nupcias de la fe y la razón, y la osadía mayor de ser santo, y poeta del Santísimo Sacramento.[2] Esos tres mensajes se refieren a la función del amor en el mundo, al ejercicio del criterio y a la significación real de la poesía.

1

  “La piedad —dijo Martí— es el sello de las almas escogidas”;[3] y en otro momento advirtió que “los hombres necesitan quien les mueva a menudo la compasión en el pecho, y las lágrimas en los ojos, y les haga el supremo bien de sentirse generosos”.[4] Sus discursos,[5]  sus cartas,[6] sus versos,[7]están llenos del reclamo de ese “supremo bien”. Y como siempre en él, estas palabras fueron actos. Sotero Figueroa y Fermín Valdés Domínguez, entre otros, dieron testimonio de la atención compasiva de Martí en Nueva York a los pobres, los desgraciados, los humildes, los afligidos, los enfermos, que nos recuerda el silencioso ministerio del padre Varela, el Precursor,[8]en aquella misma ciudad.

     Como conclusión del Credo de toda su vida (el que ya había formulado en su dedicatoria de Ismaelillo: “Tengo fe… en la utilidad de la virtud”),[9] al despedirse definitivamente de la madre le dice: “Ahora, bendígame, y crea que jamás saldrá de mi corazón obra sin piedad y sin limpieza”. “No son inútiles la verdad y la ternura”.[10] En su mochila, ya en los campos de Cuba insurrecta, cargaba dos arrobas de medicinas,[11] y en carta a la familia Mantilla les escribe: “Sentía anoche pie­dad en mis manos, cuando ayudaba a curar a los heridos…”.[12]

     Pero también es preciso recordar aquí el pensamiento central de Martí: “Por el amor se ve. Con el amor se ve. El amor es quien ve. Espíritu sin amor, no puede ver”.[13] La lucidez, la clarividencia del amor, es la virtud suma que debe acompañar y guiar a todas las operaciones del espíritu (ánimus) y del alma (ánima), sin excluir la compasión. Y decimos esto porque la compasión es una virtud subsidiaria del amor que, en ocasiones, cuando pretende ser autónoma, puede entrar en conflicto con él. Así alguien que, por compasión, con los sufrimientos inmediatos de un familiar, se opusiera al tratamiento necesario para salvarlo, estaría oponiendo la compasión al amor más verdadero y profundo, de más largo alcance. Lo mismo puede decirse en el plano revolucionario. Un hombre tan piadoso como nuestro padre Varela, al predicar la lucha armada,[14]indudable causa de sufrimientos, solo podía hacerlo para evitar sufrimientos mayores, para curar y salvar el cuerpo social, el alma de la patria, manchada por la esclavitud.

     Martí también hizo otros distingos. En México comprendió que los cambios sociales, al romper hábitos que se confundían con la justicia por la sola costumbre, provocaban compasiones que obstaculizaban el progreso del bien real para la mayoría. Y ya en su madurez, en el plano político, comprendió el peligro de lo que llamó “la piedad inmoderada” hacia los que menos la merecen, en perjuicio de los que la merecen más. Así en carta a Gonzalo de Quesada, desde Santiago de los Caballeros, le advertía: “Por la piedad inmoderada suele entrar, en los hombres y en los pueblos, la desdicha”.[15] Es decir que es el amor más lúcido, verdadero, previsor, radical y profundo, aliado siempre de lo que él mismo llamó la “genial moderación”,[16] la capacidad de autosacrificio a favor de los más necesitados, el que debe esclarecer siempre a la compasión.

     Así esclarecida, la compasión puede ser una vía de conocimiento revolucionario, como lo es de conocimiento religioso. Sabemos que, desde la prueba terrible del Presidio Político, en la que declaró: “Si yo odiara a alguien, me odiaría por ello a mí mismo”,[17]Martí rechazó absolutamente la reacción ciega e inferiorizante del odio,[18] y llegó a sentir “compasión profunda” no solo por el anciano Nicolás del Castillo sino además por sus flageladores (que lo fueron también suyos),[19] en cuanto eran a su vez víctimas del sistema colonial que los embrutecía. Su amor cognoscitivo le enseñó que el odio “es reaccionario”, que “los que odian son la ralea”,[20] que la última guerra “esencial y definitiva que han de librar los hombres” será “la guerra contra el odio”.[21] Por todo ello, después del fracaso de la Guerra Chiquita, en su discurso de Caracas dijo: “quise hacer una guerra amorosa”;[22] y nunca cejó en su empeño de llevar adelante una insólita guerra de independencia que suponía una liberación social y espiritual “con todos, y para el bien de todos”,[23] incluyendo a los españoles amigos de la libertad, y dirigida también, nada menos, a salvar “el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa”.[24] Esta es la “guerra sin odio”[25] martiana, consagrada en el Manifiesto de Montecristi (donde declara ante la patria, como lo hizo aquel mismo día 25 de marzo de 1895 en la carta[26] a la madre, “su limpieza de todo odio”),[27] guerra que necesariamente debía pasar a través del dolor de las madres, dolor que anticipadamente —y de ello hay testimonios— lo desvelaba y lo atormentaba.

     Pero Martí tuvo en alto grado, a partir de su propia conducta, como creencia invulnerable, el sentido cristiano del sacrificio redentor. Y si de alguien no tuvo compasión fue únicamente de sí mismo.

2

     El segundo mensaje a que quiero referirme es el que el propio Martí, que ya había definido a la crítica como “el ejercicio del criterio”,[28] resumió en una frase: “Amar: he aquí la crítica”.[29]

     Sabemos que la cultura cubana comenzó con los próceres del Seminario de San Carlos —José Agustín Caballero, Félix Varela, José de la Luz— postulando, contra la escolástica decadente (pero no contra los Padres y Teólogos fundadores a quienes, en el elogio de Cecilio Acosta, llamara Martí “el elegante Basilio,[30] el grave Gregorio,[31] el desenfadado Agustín,[32] el osado Tomás…”[33]),[34] postulando, decimos, el rechazo del criterio de autoridad en materias filosóficas y científicas: el llamado “magister dixit”, o sea, “así lo dijo el maestro”, la apelación constante a una autoridad suma e irrebatible, que en aquellos tiempos todavía podía ser Aristóteles.[35]

     A través de Mendive discípulo de Luz, Martí recibió ese legado y lo fortaleció con su prédica del “ser por sí”[36] y del “pensar por sí”,[37] o de lo que, en su discurso fundador “Con todos, y para el bien de todos”, llamó “el ejercicio íntegro de sí”, cuyo primer límite —no lo olvidemos— está en “el respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás”.[38] Socialmente esa especie de soberanía personal tiene otros diques o cauces: la militancia con los oprimidos y la pertenencia o aspiración a lo que siempre llamó una “República de trabajadores”.[39] Es decir que el culto de la libertad individual no puede ser lesivo para los más débiles y tiene que sustentarse en el “hábito de trabajar” todos en beneficio de los intereses generales de la sociedad. Ese equilibrio (y él dijo que “el equilibrio es la ley matriz”)[40] entre la libertad individual y la justicia social, sería la clave de la República martiana.

     Partiendo de tales premisas, Martí ve en la ingénita originalidad de cada hombre el principio de todo conocimiento y “epopeya”, palabra esta última en la que cifraba lo más profundo —en lo íntimo y en lo colectivo— de la empresa humana. Por eso dijo: “Epopeya es raíz. Quien ve en sí, es la epopeya”.[41] Y aquí está, sin duda, la explicación del heroísmo, excepcional o cotidiano, de tantos hombres anónimos que forman el tejido mejor de nuestro pueblo y de todos los pueblos, lo que él también llamó —y es idea que debiéramos predicar y practicar cada día— la “virtud modesta y extraordinaria”, que vive “en el mérito y entrañas de la oscuridad”.[42]

     Esa originalidad, raíz del carácter y de la creatividad de cada persona, no puede confundirse, desde luego, con la autosuficiencia de la ignorancia. La verdad la conocemos y la creamos entre todos, aprendiendo unos de otros, y todos de la cultura universal. Por otra parte, es espontáneo y fecundo en el hombre el respeto a la autoridad natural, no impositiva, de ciertos hombres superiores por su mayor clarividencia y su mayor capacidad de sacrificio y de servicio. Que es, justamente, lo que nos sucede con Martí. Creemos en él porque, como dijo el clásico, “igualó con la vida el pensamiento”. Porque su autoridad es la única irrechazable: la del corazón. Porque puso en práctica lo que dijo insuperablemente: —“la única ley de la autoridad es el amor”.[43] Ley de la autoridad y de la crítica. “Amar: he aquí la crítica”.[44]

3

     De la crítica fundada en el amor pasamos al tercer mensaje martiano que esta noche queremos brevemente recordar: el de su concepción de la poesía, no como ornamento ni oficio literario, sino como fundamento de la vida.

     En su ensayo sobre Walt Whitman escribió Martí:

¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos? Hay gentes de tan corta vista mental que creen que toda la fruta se acaba en la cáscara. La poesía, que congrega o disgrega, que fortifica o angustia, que apuntala o derriba las almas, que da o quita a los hombres la fe y el aliento, es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues esta les proporciona el modo de vivir, mientras que aquella les da el deseo y la fuerza de la vida.[45]

     Aunque este juicio aparece en su ensayo sobre Whitman (poeta por lo demás tan ligado a las realidades humanas inmediatas), es evidente que no se refiere solo a la poesía escrita, sino también a la fuente de ella, la poesía de la vida misma, a la que llamó “un extraordinario producto artístico”,[46] como el propio Whitman la hubiera llamado. Y no solo a la poesía que nos llega por vía literaria sino también, y en grado aun mayor, como le dirá en carta de las últimas a María Mantilla, a la que puede encontrarse en “los libros de ciencia” y en “el orden del mundo”.[47]

     Si para él la poesía, escrita o no, literaria o no, es la expresión del sentimiento o el sentimiento que nos da “el deseo y la fuerza de la vida”, ello se debe no solo a su íntima relación con la belleza sino además con el bien. Ampliando las formulaciones románticas —“Mientras haya una mujer hermosa habrá poesía”, “Poesía eres tú”, etcétera—, en su artículo sobre Julián del Casal escribe Martí: “mientras haya un bien que hacer, un derecho que defender, un libro sano y fuerte que leer, un rincón de monte, una mujer buena, un verdadero amigo, tendrá vigor el corazón sensible para amar y loar lo bello […]”, y concluye: “La poesía vive de honra”,[48] culminando así la tradición de eticidad poética que comenzó con José María Heredia. Eticidad poética que siempre hemos considerado un elemento estructural de nuestra nacionalidad.

     La poesía, en suma, en la concepción martiana, es la que nos asegura que la vida tiene un sentido, idea esta última que el modelo imperante de modernidad y su consecuente “posmodernismo” están poniendo en crisis cada vez más profunda. Por eso pregunta Martí en el mismo ensayo sobre Whitman: “¿Adónde irá un pueblo de hombres que hayan perdido el hábito de pensar con fe en la significación y alcance de sus actos?”[49] Y más adelante añade que la poesía “explica el propósito inefable [y] seductora bondad del universo”.[50] Hay, pues, un “propósito”, una significación, un sentido de la vida y de la historia, como hay una “bondad” última de todo lo creado. Y de ello nos da testimonio la poesía que está en los poemas tanto como la que está en la religión, en la ciencia, en el mundo, en la vida íntima y colectiva. Poesía integral de la belleza y del bien, de la fe y la razón, de la conducta y la esperanza. Poesía también de la industria, del trabajo y los sufrimientos del hombre. Poesía real, es decir, conocimiento, creación y cántico. ¿No es ese el espíritu de las dos primeras palabras —“Pange, lingua”, “Canta, lengua”—, abrazadoras de Cristo sacramentado y de todo el universo por Él redimido, que impulsan el glorioso Himno de Santo Tomás? Humildemente inspirado en ellas, y finalizando un librito, Canto llano, que al menos en la forma quería rendir homenaje a los Versos sencillos de José Martí, hace muchos años escribí un poema del que separo estas estrofas:

Canta, lengua, la alabanza
de los gloriosos misterios
y la vida como un rayo
desde el polvo hasta lo eterno

.   .   .

Cántale al pobre y al rico
el cántico de su anhelo,
la forma de su esperanza,
el río de su consuelo.

.   .   .

Canta, lengua, que es tu oficio,
la sal de tu privilegio,
cantar todo lo que existe
a los vivos y a los muertos.[51]

.   .   .

     Pero la poética personal de Martí no fue tanto la de alabanza como la de encarnación, o, en todo caso, de alabanza por la encarnación. Nacido en un hogar católico de fuerte vena estoica, por mucho que razones históricas y políticas lo apartaran de la Iglesia colonial española, su íntima vocación de sacrificio fue siempre cristiana, y su amor a las imágenes, como en todo movimiento modernista encabezado por su discípulo Rubén Darío,[52] fue de indudable raíz cultural católica. Nos referimos a esa catolicidad estética que, así como Santo Tomás en lo filosófico y teológico consumó la recepción cristiana de la razón griega, hizo posible lo que el padre Ángel Gaztelu nos recordaba al presentar su traducción del “Carmen de Pascua” de Lactancio Firminiano: “Purificada la mirada con la visión esencial de Cristo, le habían saltado de los ojos las escamas, como al de Tarso, y con ellas ganadas y salvadas las formas y gracias paganas”.[53] Catolicidad incorporativa que generó una cultura del esplendor de las imágenes, desplegada en la imaginería medieval, los vitrales, el gótico flamígero, el barroco español y americano, Dante y la plástica del Renacimiento, hasta desembocar en el modernismo de que Martí fuera Maestro. Por eso dijo: “Amo la forma, venero las letras como el oro donde se alberga el pensamiento hermoso, como para los católicos se alberga en el cáliz el cuerpo de Cristo”.[54] Pero ese cuerpo de Cristo, tan altamente cantado por Santo Tomás en su forma sacramental, lejos de haberle sido ajeno a Martí, lejos de haberlo despojado de su inmediatez más hiriente, fue el misterio mayor de su vida y su expresión. Por eso a la madre, y así volvemos a la levadura fundacional de su hogar, en la carta de despedida le dice: —“Vd. se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida y ¿por qué nací de Vd. con una vida que ama el sacrificio?”[55] “Cristo sin cruz”[56] llegó a llamarse, cuando aún no hallaba empleo digno de sus fuerzas, y “Cristo roto”,[57] que del suelo recogía los pedazos vivos de su imagen. Toda su palabra quiso ser de encarnación y de agonía. Ya en vísperas de lanzarse a la acción redentora, vio al verso, que en él era también prosa litúrgica, como Verbo encarnado, como Cristo en su Calvario:

Mi vida así se encamina
Al cielo limpia y serena,
Y tú me cargas mi pena
Con tu paciencia divina.[58]

.   .   .

     ¿Y cuál era esa pena sino “la gran pena del mundo”, “la esclavitud de los hombres”?[59] Y su fusión en cuerpo y alma con la palabra, es el final de su poesía: “Verso, o nos condenan juntos, / O nos salvamos los dos!”[60]

     Que esa palabra de justicia militante y amor cognoscitivo encarne en nuestra historia colectiva y en la intimidad de nuestras vidas, es la esperanza mayor de todos los cubanos de buena voluntad.

CINTIO VITIER

Tomado de Credo, La Habana, año I, núm. 2, abril de 1994, pp. 16-18. (Conferencia impartida en la iglesia de San Juan de Letrán, el 28 de enero de 1994. Aparece publicada también en Obras 7. Temas Martianos 2, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2005, pp. 218-225).

Notas:


[1] JM: “Cecilio Acosta”, Revista Venezolana, Caracas, 15 de julio de 1881, OCEC, t. 8, p. 96.

[2] “Osado” fue también Santo Tomás —no lo olvidemos— cuando, en pleno siglo XIII, como lo recordó Varela en la segunda de sus Cartas a Elpidio (1835), sostuvo que “el principado [es decir, el gobierno] pertenece a todos, porque todos pueden elegir, y ser electos”, y definió la democracia como “la potestad del pueblo, en cuanto a que de los individuos del pueblo se pueden elegir los príncipes, y porque al pueblo pertenece elegirlos”. “Esto —añade, basándose en Éxodo 18, 21— fue establecido por la ley divina”. [1. 2ae. q: q. 105, art. I. (Cf. Cartas a Elpidio, 1ra ed., t. I, pp. 33-34)].

[3] “Juan Roebling no nació en los Estados Unidos, sino en la ciudad de Mülhausen, allá en Thuringia, en Prusia.—Su frente, como un dosel, amparaba sus ojos penetrantes, osados y meditabundos,—y a menudo dulces. Era bueno, como todos los hombres verdaderamente grandes. La piedad es el sello de las almas escogidas. Cuando la naturaleza escribe, ‘Grandeza’,—escribe, ‘Ternura’.—Desde niño, no jugaba con soldados, de lo que suele venir insana ansia de serlo, sino con libros. Notaban sus amigos, de entre sus cejas pobladas, como de hornos encendidos, sus ojos voraces: y era de aquellos hombres briosos que con sus miradas atrevidas cautivan y encadenan a la tierra, que les abre enamorada y vencida sus senos. Solo que tal dama,—requiere amantes tales!” (JM: “Los ingenieros del puente de Brooklyn”, La América, Nueva York, junio de 1883, OCEC,

t. 18, p. 48).

[4] “Los hombres necesitan quien les mueva a menudo la compasión en el pecho, y las lágrimas en los ojos, y les haga el supremo bien de sentirse generosos: que por maravillosa compensación de la naturaleza aquel que se da, crece; y el que se repliega en sí, y vive de pequeños goces, y teme partirlos con los demás, y solo piensa avariciosamente en beneficiar sus apetitos, se va trocando de hombre en soledad, y lleva en el pecho todas las canas del invierno, y llega a ser por dentro, y a parecer por fuera, —un insecto”. (JM: “Maestros ambulantes”, La América, Nueva York, mayo de 1884, OCEC, t. 19, p. 185).

[5] Véase el ensayo de Cintio Vitier: “Los discursos de Martí” (1964), Temas martianos. Primera serie, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, pp. 83-114.         

[6] Véanse los ensayos de Fina García Marruz: “Las cartas de Martí” (1968), Temas martianos. Primera serie, ob. cit., pp. 403-429 (La Habana, La Isla Infinita, 2019); y de Cintio Vitier: “Las cartas de Martí. (Contribución a un estudio integral de su obra literaria)”, Albur, órgano de los estudiantes del ISA, año IV, número especial, La Habana, mayo de 1992, pp. 3-56. [“Las cartas de Martí hasta 1881. (Contribución a un estudio integral de su obra literaria)” y “Las cartas de Martí de 1882 a 1888. (Contribución a un estudio integral de su obra literaria)”, Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1992 y 1994, nros. 15 y 17, pp. 198-216 y 237-259, respectivamente. También el “Capítulo XI. Cartas. III. 1889-1895”, Vida y obra del Apóstol José Martí, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2004, pp. 280-312].

[7] Véanse los ensayos de Cintio Vitier: “Los Versos libres” (1953), Temas martianos. Primera serie, ob. cit., pp. 193-207; “Séptima lección. El arribo a la plenitud del espíritu. La integración poética de Martí” (1958), Lo cubano en la poesía. Edición definitiva, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1998, pp. 168-207; “Trasluces de Ismaelillo” (1967), Temas martianos. Primera serie, ob. cit., pp. 179-192; “Los Versos sencillos” (1968), Temas martianos. Primera serie, ob. cit., pp. 209-223; “Lava, espada, alas. (En torno a la poética de los Versos libres)” (1972), Temas martianos. Segunda serie, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, pp. 35-55; “José Martí en su verso” (1985), Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1986, no. 9, pp. 319-325; “Patria, poesía y antimperialismo en José Martí”, Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2007, no. 29, pp. 9-14; y “Poesía” (capítulo IV), Vida y Obra del Apóstol José Martí, ob. cit., pp.107-148; y de Fina García-Marruz: “José Martí” (epíg. “Los Versos sencillos”), Revista Lyceum, La Habana, mayo de 1952, El orden del homenaje, Madrid, Ediciones Huso y La Isla Infinita, 2018, pp. 225-232; “La prosa poemática en Martí” (1964), Temas martianos. Primera serie, ob. cit., pp. 279-311; “Los versos de Martí” (1964), Temas martianos. Primera serie, ob. cit., pp. 313-350; “Génesis de Ismaelillo”, Temas martianos. Tercera serie, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, pp. 53-121 (aparece publicado en el Anuario del Centro de Estudios Martianos,La Habana, no. 10, 1987, pp. 73-111, con el título “En torno al Ismaelillo”,); y “Modernismo, modernidad y orbe nuevo” (1988), Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1991, no. 14, pp. 16-35.

[8] Véase el ensayo de Cintio Vitier, “El padre Félix Varela como precursor del ideario martiano”, Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1989, no. 12, pp. 26-37.

[9]“Hijo:
   Espantado de todo, me refugio en ti.
   Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti.
Si alguien te dice que estas páginas se parecen a otras páginas, diles que te amo demasiado para profanarte así. Tal como aquí te pinto, tal te han visto mis ojos. Con esos arreos de gala te me has aparecido. Cuando he cesado de verte en una forma, he cesado de pintarte. Esos riachuelos han pasado por mi corazón.
     ¡Lleguen al tuyo!”

(JM: “[Dedicatoria de Ismaelillo]”, Ismaelillo, Nueva York, 1882, OCEC, t. 14, p. 17).

[10] JM: “Carta a doña Leonor Pérez”, [Montecristi] 25 de marzo de 1895, Testamentos. Edición crítica, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2016, p. 15. [En lo sucesivo, TEC].

[11] “Voy bien cargado, mi María, con mi rifle al hombro, mi machete y revólver a la cintura, a un hombro una cartera de cien cápsulas, al otro en un gran tubo, los mapas de Cuba, y a la espalda mi mochila, con sus dos arrobas de medicina y ropa y hamaca y frazada y libros, y al pecho tu retrato”. (JM: “Carta a Carmen Miyares y sus hijos”, Jurisdicción de Baracoa, 16 de abril de 1895, en José Martí: Epistolario, compilación, ordenación cronológica y notas de Luis García Pascual y Enrique H. Moreno Plá; prólogo de Juan Marinello, La Habana, Centro de Estudios Martianos y Editorial de Ciencias Sociales, t. V, p. 168). [En lo sucesivo, EJM].

[12] JM: “Carta a Carmen Miyares y sus hijos”, Cerca de Guantánamo, 26 de abril de 1895, EJM, t. V, p. 178. Véanse, al respecto, en su Diario de campaña la anotación correspondiente al día 25 de abril de 1895 (DCEA, p. 80) y la carta a Carmen Miyares y sus hijos, fechada en las inmediaciones de Guantánamo, el 28 de abril de 1895 (EJM, t. V, p. 193).

[13] “Por el amor se ve. Con el amor se ve. El amor es quien ve. Espíritu sin amor, no puede ver. La naturaleza está delante de él,―las montañas―, el valle con su río ancho, y a los lejos: la sierra de horizontes:―la cascada rueda y truena―clarea el cielo azul por entre el follaje:―como cayendo sobre el alma, todas a una (a la vez), como si las empujase, caído del cielo, un pastor de alas inmensas, las hojas rumorean, cantan y valsan:―cae el hacha a compás en un monte lejano:―pasan, cautas, por la roca las arañas y las hormigas.―Arrolla un golpe de viento los helechos gráciles. Y el poeta sin poesía, el amante solo, asiste a la hermosura, sordo y ciego. Eva no está allí. Todo será hermoso, y querrá decir algo, cuando venga Eva”. (JM: “Cuaderno de apuntes no. 18” [1894], OC, t. 21, p. 419).

[14] “Compatriotas: salvad una patria cuya suerte está en vuestras manos. ¡Ah! ¿y perecerá en ellas? Echad una sola mirada sobre un futuro, que ya tocamos: no permitáis que vuestro nombre pase con execración a las generaciones venideras. Al que fuere tan débil que aún tema cuando la patria peligra, cuyo temor es ignominia, concédaseles la vida en castigo de su crimen; arrastre, sí, una existencia marcada en todos momentos con abominación y oprobio. Súfranse estos tímidos, pero reprímanse los que no lo fueren para asesinar la patria siéndolo solo para libertarla. Son nuestros todos los que piensen o por lo menos operen como nosotros, sean de la parte del mundo que fueren. Unión y sincera amistad con ellos. Son enemigos todos los que por cualquier respecto lo fueren de la Patria. Firmeza y decisión para castigarlos. Olvido sobre lo pasado. La generosidad en cada partido, no es ya solo una virtud moral; es un deber político, cuya infracción convierte al patriota en asesino de su patria. Unión y valor he aquí las bases de vuestra felicidad. // Mas ya que todo el mundo calla, yo no sé callar cuando mi patria peligra, y habiéndola sacrificado todos los objetos de mi aprecio, yo no la negaré ese último sacrificio, su imagen jamás se separa de mi vista, su bien es el norte de mis operaciones, yo la consagraré hasta el último suspiro de mi vida”. [Félix Varela: “Tranquilidad de la isla de Cuba” (El Habanero. Papel político, científico y literario, t. 1, no. 2), Obras, compilación y notas de Eduardo Torres-Cuevas, Jorge Ibarra Cuesta y Mercedes García Rodríguez, La Habana, Ediciones Imagen Contemporánea, 2001, vol. II (introducción de Eduardo Torres-Cuevas), pp. 176 y 177, respectivamente].

“Mas si Ud. llama revolucionarios a todo el que trabaja por alterar un orden de cosas contrario al bien de un pueblo, yo me glorio de contarme entre esos revolucionarios […]”. [Félix Varela: “Diálogo que han tenido en esta ciudad un español partidario de la independencia de la isla de Cuba y un paisano suyo anti independiente” (El Habanero. Papel político, científico y literario, t. 1, no. 3), Obras, compilación y notas de Eduardo Torres-Cuevas, Jorge Ibarra Cuesta y Mercedes García Rodríguez, La Habana, Ediciones Imagen Contemporánea, 2001, vol. II (introducción de Eduardo Torres-Cuevas), p. 207].

[15] “Adiós ahora. Perdone, en nuestras cosas, cualquier falta ajena. Haga y perdone. Hacer, es el único modo eficaz de responder. Solo empujan el ejemplo y el éxito. Vallas a la picardía, y magnífico silencio a los pícaros. Y a los arrepentidos, paz lenta y decorosa: ni la arrogancia del vencedor, ni la confianza solo debida, en justicia y prudencia, a aquellos que no tienen culpa grave y voluntaria de qué arrepentirse. Por la piedad inmoderada suele entrar, en los hombres y en los pueblos, la desdicha”. (JM: “Carta a Gonzalo de Quesada”, Santiago de los Caballeros, 19 de febrero de 1895, EJM, t. V, p. 70).

[16] “[…] Estos paí­ses se salvarán, porque, con el genio de la moderación que parece imperar, por la armonía serena de la naturaleza, en el continente de la luz, y por el influjo de la lectura crítica que ha sucedido en Europa a la lectura de tanteo y falansterio en que se empapó la generación anterior,—le está naciendo a América, en estos tiempos reales, el hombre real”. [JM: “Nuestra América”, La Revista Ilustrada de Nueva York, 1ro de enero de 1891, en Nuestra América. Edición crítica, investigación, presentación y notas de Cintio Vitier, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2006, pp. 44-45. (Las cursivas son del E. del sitio web)].

“En el ensayo ‘El amor como energía revolucionaria en José Martí’ [Albur, ór­gano de los estudiantes del ISA, a. 4, La Habana, mayo de 1992, pp. 109-119], Fina García Marruz ha observado la relación que establece Martí entre el heroísmo y la moderación dentro de la dinámica más profunda de ‘la capacidad de sacrificio’. La consideró virtud vinculada con ‘la armonía serena de la Naturaleza’, distintiva de los mejores hombres de ‘nuestra América’, cuyo paradigma poético lo encontró en Heredia: ‘volcánico como sus entrañas, y sereno como sus alturas’. (OC, t. 5, p. 136). Tan elogiosa como esperanzadamente se refirió varias veces al ‘heroísmo juicioso de las Antillas’ y a ‘la moderación probada del espíritu de Cuba’, expresiones consagradas en el Manifiesto de Montecristi (OC, t. 4, pp. 101 y 94, respectivamente)”. (Nuestra América. Edición crítica, ob. cit., nota 35, p. 64).

[17] “Dios existe, y si me hacéis alejar de aquí sin arrancar de vosotros la cobarde, la malaventurada indiferencia, dejadme que os desprecie, ya que no puedo odiar a nadie; dejadme que os compadezca en nombre de mi Dios.

     Ni os odiaré, ni os maldeciré.

     Si yo odiara a alguien, me odiaría por ello a mí mismo”. (JM: El presidio político en Cuba, Madrid, 1871, OCEC, t. 1, p. 63).

[18] “Lo que Martí descubre en este conmovedor, lucidísimo alegato de El presidio político, como raíz de que habrá de tomar impulso toda su posterior gestión revolucionaria, es que el odio es una reacción y el amor, esencialmente, un acto o, más bien, el acto creador mismo. Es así, que su negativa a ceder aún al odio legítimo que el crimen inspira, procede de la búsqueda de un centro libre desde el cual pueda emerger una fuerza de creación de más vasto alcance. Pues el odio que sentimos ante nuestro enemigo está “determinado” por él: es el agresor el que lo provoca y el que, al obligarnos a salir de nuestro terreno para entrar en el suyo, ha obtenido ya una parcial victoria. […]. // De lo que se trata, entonces, no es de evitar el odio para dejar las cosas como están, sino de evitarlo para poder erradicar lo que lo motiva con una fuerza que le es superior. Se trata de no permitir que se nos arranque de esa raíz de libertad que nos constituye, desde la cual podrá brotar nuestra acción con energía radial, es decir, no derivada, no debilitada por el sello que en ella ha impreso nuestro agresor, y con el que ha querido ‘fatalmente’ determinarnos. No se puede combatir por la libertad, si no partimos de ella”. [Fina García-Marruz: “De ‘Abdala’ a El presidio político”, El amor como energía revolucionaria en José Martí, ob. cit., pp. 71-72].

“Martí […] no reacciona frente al enemigo, sino que actúa frente y contra él desde su libertad, que en principio puede redimir también al enemigo; de ahí su mayor eficacia; es esto lo que le permite liberarse del odio, que es el signo de la verdadera colonia. Su planteamiento, radicalmente ético, parte de una autoctonía del ser. Esa profunda originalidad le permite señorear la situación, no devolver odio lúcido por odio ciego, no ser un resentido histórico, una irremediable víctima intelectual y emocional de la colonia. Le permite ser un pensador revolucionario de lo que se llamará el Tercer Mundo, no un sectario del Tercer Mundo; y, sobre todo, eso tan raro, casi milagroso en la historia de las luchas políticas: un hombre libre, dentro de la esclavitud; por lo tanto, un auténtico libertador”. (Cintio Vitier: “Imagen de Martí”, Vida y obra del Apóstol José Martí, ob. cit., p. 17).

“La liberación del odio era precisamente la liberación de la colonia. A la reacción fatal había que oponer la respuesta libre”. [Cintio Vitier: “Martí y el 27 de Noviembre” (1974), Temas martianos. Segunda serie, ob. cit., p. 197].

“La experiencia del presidio colonial fue la experiencia decisiva en la vida de Martí, como lo demuestra simbólicamente el anillo de hierro, donde estaba grabado el nombre de Cuba, que se mandara hacer con un fragmento de la cadena que le causó lesiones incurables. Esas lesiones en la carne no se le convirtieron en lesiones morales porque él no quiso. Aquí se revela el eje y la vocación de su voluntad”. (Cintio Vitier: Ese sol del mundo moral (1974), La Habana, Ediciones UNIÓN, 2002, p. 73). Por otra parte, en la “Presentación” del libro Dolor infinito de Raúl Rodríguez La O, Cintio afirma: “El tema fundamental de El presidio político en Cuba, el que trasciende a su circunstancia inmediata, es la revelación de Dios en el sufrimiento del prójimo y en nuestro deber hacia él”. (La Habana, Ediciones Abril, 2007, p. 10).

Véanse, al respecto, los capítulos “La fuerza divisora del odio: consecuencias históricas”, “Amor y fundación” y “La guerra sin odios” del libro de Fina García Marruz: El amor como energía revolucionaria en José Martí, ob. cit., pp. 119-130, 130-138 y 139-145, respectivamente]; y el ensayo de Cintio Vitier: “La irrupción americana en la obra de Martí” (1972), Temas martianos. Segunda serie, ob. cit., pp. 15-16].

[19] “Vi la llaga, y no pensé en mí, ni pensé que quizás el día siguiente me haría otra igual. Pensé en tantas cosas a la vez; sentí un cariño tan acendrado hacia aquel campesino de mi patria; sentí una compasión tan profunda hacia sus flageladores; sentí tan honda lástima de verlos platicar con su conciencia, si esos hombres sin ventura la tienen, que aquel torrente de ideas angustiosas que por mí cruzaban, se anudó en mi garganta, se condensó en mi frente, se agolpó a mis ojos. Ellos, fijos, inmóviles, espantados, eran mis únicas palabras. Me espantaba que hubiese manos sacrílegas que manchasen con sangre aquellas canas. Me espantaba de ver allí refundidos el odio, el servilismo, el rencor, la venganza; yo, para quien la venganza y el odio son dos fábulas que en horas malditas se esparcieron por la tierra. Odiar y vengarse cabe en un mercenario azotador de presidio; cabe en el jefe desventurado que le reprende con acritud si no azota con crueldad; pero no cabe en el alma joven de un presidiario cubano, más alto cuando se eleva sobre sus grillos, más erguido cuando se sostiene sobre la pureza de su conciencia y la rectitud indomable de sus principios, que todos aquellos míseros que a par que las espaldas del cautivo, despedazan el honor y la dignidad de su nación”. (El presidio político en Cuba, ob. cit., p. 76).

[20] “En Cuba son más los montes que los abismos; más los que aman que los que odian; más los de campo claro que los de encrucijada; más la grandeza que la ralea. Lo que odia, es ralea. La ralea de un pueblo es la gente incapaz de amar”. [JM: “Crece”, Patria, Nueva York, 5 de abril de 1894,no. 106, p. 2. (OC, t. 3, p. 120)].

[21] “La capacidad de amar es el verdadero pergamino de nobleza de los hombres. Rey es el que ama mucho: solo los que aman bien,—duques, marqueses, condes:—y los que no aman, gente de horca y pechos fuera de toda lista de nobleza. Por Dios que esta es guerra legítima,—la última acaso esencial y definitiva que han de librar los hombres: la guerra contra el odio”. (JM: Fragmentos, OC, t. 22, p. 210).

[22] “Luché en mi patria, y fui vencido.—Se sabe que al poema de 1810 falta una estrofa,— y yo, cuando sus verdaderos poetas habían desaparecido, quise escribirla. […] Quise hacer en aquel pueblo mío, que en defensa suya y en brazos de la gloria, ha visto caer a hombres de este pueblo, quise hacer una guerra amorosa, para impedir que se hiciera luego una guerra de hambre y de rencores que manchan ¡ay! para muy largo tiempo—lo que engendran”. (JM: “[Fragmentos del discurso pronunciado en el Club del Comercio. Segunda versión]”, Caracas, el 21 de marzo de 1881, OCEC, t. 8, p. 41).

[23] Esta misma expresión aparece en: “Discurso en conmemoración del 10 de Octubre de 1868”, Hardman Hall, Nueva York, 10 de octubre de 1889, OC, t. 4, pp. 238 y 243; “Carta a Serafín Bello”, Nueva York, 12 de octubre de 1889, EJM, t. II, p. 130; “La universidad de los pobres”, La Nación, Buenos Aires, 22 de octubre de 1890, OC, t. 12, p. 437;  “Discurso en conmemoración del 10 de Octubre de 1868”, Hardman Hall, Nueva York, 10 de octubre de 1891, OC, t. 4, p. 262;  “Con todos, y para el bien de todos”, discurso en el Liceo Cubano, Tampa, 26 de noviembre de 1891, OC, t. 4, p. 279; “Carta a José Dolores Poyo”, Nueva York, 5 de diciembre de 1891, EJM, t. II, p. 330; “La crisis y el Partido Revolucionario Cubano”, Patria, Nueva York, 19 de agosto de 1893, no. 75, p. 1 (OC, t. 2, p. 367); y “[Para el bien de todos]”, Fragmentos, OC, t. 22, p. 256.

[24] “[…] De mí espere la deposición absoluta y continua. Yo alzaré el mundo. Pero mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador: morir, callado. Para mí, ya es hora. Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo”. (JM: “Carta a Federico Henríquez y Carvajal”, Montecristi, 25 de marzo de 1895, TEC, pp. 24-25).

[25] “¡Y en un día se irguieron, sin más mando ni voz que los de su espíritu unificado! Unos hoy, y otros enseguida, y otros a la vez, disputándose todos la primacía del entusiasmo, proclaman, con aquel fuego que solo arde cuando se va a vencer, su determinación de ir, detrás de la persona de la libertad, a la guerra sin odio por donde se ha de conseguir la república laboriosa y justiciera; proclaman, ante el pabellón que cobija en sus pliegues al maestro de la idea y al héroe de la batalla, su poder de fundir la voluntad y el corazón en el empeño de poner en la vida cuanto aspira en vano en ella a la paz, al decoro y al trabajo. No con el ceño del conquistador proclama la guerra, sino con los brazos abiertos para sus hermanos. Así, de la obra de doce años callada e incesante, salió, saneado por las pruebas, el Partido Revolucionario Cubano. [JM: “El Partido Revolucionario Cubano”, Patria, Nueva York, 3 de abril de 1892, no. 4, p. 1 (OC, t. 1, p. 368). (Las cursivas son del E. del sitio web)].

“Contar una de las nobles fiestas,—fiestas de guerra sin odio y de república sin injusticia—es, en esta época de fuego fraternal, contar las fiestas todas. El Cayo, de días atrás, se preparaba para la noche de consagración […]”. [JM: “La proclamación de las elecciones del Partido Revolucionario Cubano”, Patria, Nueva York, 22 de abril de 1893, no. 58, p. 2 (OC, t. 2, p. 306). (Las cursivas son del E. del sitio web)].

[26] “Ahora, bendígame, y crea que jamás saldrá de mi corazón obra sin piedad y sin limpieza”.

(“Carta a doña Leonor Pérez”, [Montecristi] 25 de marzo de 1895, ob. cit., p. 15).

[27] —“[…] Ni del desorden, ajeno a la moderación probada del espíritu de Cuba, será cuna la guerra; ni de la tiranía.—Los que la fomentaron, y pueden aún llevar su voz, declaran en nombre de ella ante la patria su limpieza de todo odio,—su indulgencia fraternal para con los cubanos tímidos o equivocados, su radical respeto al decoro del hombre, nervio del combate y cimiento de la república,—su certidumbre de la aptitud de la guerra para ordenarse de modo que contenga la redención que la inspira, la relación en que un pueblo debe vivir con los demás, y la realidad que la guerra es,—y su terminante voluntad de respetar, y hacer que se respete, al español neutral y honrado, en la guerra y después de ella, y de ser piadosa con el arrepentimiento, e inflexible solo con el vicio, el crimen y la inhumanidad.—En la guerra que se ha reanudado en Cuba no ve la revolución las causas del júbilo que pudiera embargar al heroísmo irreflexivo, sino las responsabilidades que deben preocupar a los fundadores de pueblos”. [JM: Manifiesto de Montecristi. El Partido Revolucionario a Cuba (25 de marzo de 1895), La Habana, Centro de Estudios Martianos y Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, 2008, pp. 8-9. (Las cursivas son del E. del sitio web)].

[28] “A hacer crítica de los dramas de D. José de Echegaray se dice que he salido a esta tribuna. A hacer crítica viniera, y no justicia, si por crítica hubiera de entenderse ese mezquino afán de hallar defectos, ese celo del ajeno bien, ese placer del mal ajeno, huéspedes ciertamente indignos de pechos generosos.—Crítica es el ejercicio del criterio.—Destruye los ídolos falsos; pero conserva en todo su fulgor a los dioses verdaderos. Criticar no es morder, ni tenacear, ni clavar en la áspera picota; no es consagrarse impíamente a escudriñar con miradas avaras en la obra bella los lunares y manchas que la afean; es señalar con noble intento el lunar negro, y desvanecer con mano piadosa la sombra que oscurece la obra bella.—Criticar es amar; y aunque no lo fuera, no es esta en que vivimos época favorable a la agitadora y dura crítica:—que en las horas de riesgo y de combate, cuando las penas de la duda roen y tintan el ánimo sereno, cuando no sobre firme tierra, sino sobre arena movilísima, fresca a trechos y oscura, descansa el pie agitado, es ley suprema, urgente y salvadora la hermosa ley de amor”. (JM: “[Apuntes para el discurso sobre Echegaray]”, La Habana, junio de 1879, OCEC, t. 6, pp. 66-67).

Véanse, al respecto, “Juan de Villalpando. Drama en tres actos de José Peón Contreras”, Revista Universal, México, 23 de agosto de 1876, OCEC, t. 3, p. 187; y “Estudios críticos por Rafael María Merchán, La Estrella de Panamá, 9 de junio de 1887, OCEC, t. 25, p. 342.

[29] “Aposento natural tiene en la Revista Venezolana todo pensamiento americano; y cuanto al bien de nuestras tierras, y a auxiliarlas a formar conceptos propios y altos contribuya. No se publicará en extraño pueblo libro de nota que aquí no sea explicado; ni libro alguno entre nosotros que no nos halle con la pluma alzada en pro de sus bondades, y en excusa de los que nos parezcan extravíos. Amar: he aquí la crítica”. (JM: “Propósitos”, Revista Venezolana, Caracas 1ro de julio de 1881, OCEC, t. 8, p. 57).

[30] San Basilio (329-379).

[31] San Gregorio I (¿540?-604).

[32] San Agustín (354-430).

[33] Santo Tomás de Aquino (1225-1274).

[34] —“La iglesia le cautiva, y aquellos serenos días, luego perdidos, de sacrificio y mansedumbre; y lee con avaricia al elegante Basilio, al grave Gregorio, al desenfadado Agustín, al osado Tomás, al tremendo Bernardo, al mezquino Sánchez: bebe vida espiritual a grandes sorbos”. (“Cecilio Acosta”, ob. cit., p. 96).

[35] Aristóteles (¿383-84?-¿321-22?).

[36] “Yo nací de mí mismo, y de mí mismo brotó a mis ojos, que lo calentaban como soles, el árbol del mundo.—Ahora, cuando los hombres nacen, están en pie junto a su cama, con grandes y fuertes vendas preparadas en las manos, todas las filosofías, las religiones, los sistemas políticos. Y lo atan, y lo enfajan—y el hombre es ya, por toda su vida en la tierra, un caballo embridado. Yo soy caballo sin silla. De nadie recibo ley, ni a nadie intento imponerla. Me salvo de los hombres, y los salvo a ellos de mí.—Vengo a la preocupación, que viene de afuera, y a la ambición, que viene de adentro. Yo soy, pues, un hombre valeroso”. (JM: “Cuaderno de apuntes no. 5” [1881], OC, t. 21, pp. 167-68).

“Esta es la conquista del hombre moderno: ser mano y no masa; ser jinete y no corcel; ser su rey y su sacerdote; regirse por sí propio”. (JM: “Noticias de Francia”, La Opinión Nacional, Caracas, 17 de septiembre de 1881, OCEC, t. 10, p. 27).

“Es fuerza que cada hombre trabaje, con los maderos vírgenes del bosque, su silla de triunfo. Fuerza es que cada hombre, con sus manos tenaces, se labre a sí propio”. (JM: “Carta de Nueva York. Los bárbaros ‘caminadores’”, La Opinión Nacional, Caracas, 22 de marzo de 1882, OCEC, t. 9, p. 276).

“Oh! no hay cosa como esta de vivir por sí propio! Oh! no hay crianza como la de esta vida directa, esta lección genuina, estas relaciones ingenuas y profundas de la naturaleza con el hombre, que le dejan en el alma cierto perpetuo placer de desposado,—a quien no engañó jamás su amada! Por eso parecen siempre jóvenes estos ancianos, que comenzaron así la vida: en el campo, rompiendo la tierra; en la ciudad, rompiendo los obstáculos. Nada fortalece tanto como el ejercicio de la fuerza. Nada abona y magnifica el ánimo tanto como el contacto con las fuerzas vivas”. (JM: “Cartas de Martí. El tratado de comercio entre México y Estados Unidos”, La Nación, Buenos Aires, 1º de abril de 1883, OCEC, t. 17, p. 55).

“[…] en esta época de revuelta donde cada cual tiene que ser padre de sí, y no hay herencia segura, ni se edifican casas para siglos, ni hay fortuna que esté a salvo de los vuelcos sociales y de las catástrofes financieras. La casa, que ha mantenerse tan santa como nuestra masa vil nos lo permita, debe educar el alma en el aseo y horror del fango, de que se hacen hoy generalmente las estatuas. La escuela ha de equipar la mente para faena de la vida”. (JM: “Semana de junio”, El Partido Liberal, México, 13 de julio de 1886, OCEC, t. 24, pp. 70-71).

“[…] el hombre vale, no por sus títulos de familia ni por lo que hereda, sino por lo que por sí propio hace y conquista”. [JM: “En casa”, Patria, Nueva York, 7 de mayo de 1892, no. 9, p. 4. (OC, t. 5 p. 361)].

Véanse, al respecto, “Cartas de Martí. Galas del año nuevo”, La Nación, Buenos Aires, 18 de marzo de 1883, OCEC, t. 17, p. 29; “Botes de papel”, La América, Nueva York, noviembre de 1883, OCEC, t. 18, p. 216; “Escuela de Artes y Oficios”, La América, Nueva York, noviembre de 1883, OCEC, t. 18, p. 217; “El libro nuevo de Bain”, La América, Nueva York, junio de 1884, OCEC, t. 19, p. 234; “Cartas de Martí. La procesión moderna”, La Nación, Buenos Aires, 26 de octubre de 1884, OCEC, t. 17, p. 247; “Los indios en los Estados Unidos”, La Nación, Buenos Aires, 4 de diciembre de 1885, OCEC, t. 23, p. 26; “El problema indio en los Estados Unidos”, La Nación, Buenos Aires, 18 de febrero de 1886, OCEC, t. 23, p. 71; “Carta al Ministro de Relaciones Exteriores de Uruguay”, Nueva York, 22 de febrero de 1888, EJM, t. II, p. 16; “La organización municipal en New York”, El Partido Liberal, México, 20 y 21 de junio de 1890, en Otras crónicas de Nueva York, investigación, introducción e índice de cartas de Ernesto Mejía Sánchez, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1983, p. 142; “Carta a Rafael Serra”, 8 de octubre de 1890, EJM, t. II, p. 221; “Juan J. Peoli”, Patria, Nueva York, 22 de julio de 1893, no. 71, p. 3. (OC, t. 5, pp. 284-285)]; y Diarios de campaña. Edición anotada, investigación y apéndices de Mayra Beatriz Martínez, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2014, p. 45.

[37] “El primer deber de un hombre es pensar por sí mismo”. (JM: “Hombre del campo”, en Lourdes Ocampo Andina: José Martí: fabulación y construcción de la identidad continental, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2018, p. 365. (OC, t. 19, p. 381). Véanse, al respecto,  “[Charles Bradlaugh]”, “Sección constante”, La Opinión Nacional, Caracas, 28 de abril de 1882, OCEC, t. 13, p. 50; “[Félix Adler]”, “Sección constante”, La Opinión Nacional, Caracas, 13 de mayo de 1882, OCEC, t. 13, pp. 67-68; “Muerte de Samuel Tilden”, El Partido Liberal, México, 8 de septiembre de 1886, OCEC, t. 24, p. 195; “La excomunión del padre McGlynn”, El Partido Liberal, México, 12 de agosto de 1887, OCEC, t. 26, p. 75; “Carta a Gonzalo de Quesada”, [Nueva York], 12 de noviembre de 1889, EJM, t. II, p. 155; “La Pampa. Juicio crítico”, El Sudamericano, 20 de mayo de 1890, OC, t. 7, p. 369; “Con todos, y para el bien de todos”, discurso en el Liceo Cubano, Tampa, 26 de noviembre de 1891, OC, t. 4, p. 270; “La hija de un bueno, ‘Libertad Menéndez’”, Patria, Nueva York, 10 de noviembre de 1894, no. 136, p. 3 (OC, t. 5, p. 35).

[38] “O la república tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio íntegro de sí y el respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás; la pasión, en fin, por el decoro del hombre,—o la república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos”. (JM: “Con todos, y para el bien de todos”, discurso en el Liceo Cubano, Tampa, 26 de noviembre de 1891, OC, t. 4, p. 270).

[39] “Hermoso es, de pie en la tumba de los padres caídos, ver a los hijos seguir, con la verdad de sus cenizas, el camino por donde llegarán más pronto al triunfo los que por el sacrificio de los padres lo conocen mejor; hermoso es ver a un pueblo, hijo revuelto de los despotismos todos, habituado al capricho por el mando absoluto, e inclinado a la prisa ciega de la rebelión por la excesiva tiranía y la dilación de la esperanza, juntarse en la disciplina voluntaria de un partido político de orden y de espera,—de avance juicioso y seguro, sin puestos para el provecho y la vanidad,—y demostrarse como mantenedor de una república de trabajo y pensamiento, ante la patria sin pensamiento ni trabajo, que pudiera temer de él el despotismo o ligereza o parcialidad fatales en la fundación de las repúblicas”. [JM: “La proclamación de las elecciones del Partido Revolucionario Cubano el diez de abril”, Patria, Nueva York, 22 de abril de 1893, no. 58, p. 1. (OC, t. 2, p. 304)].

[40] “El desequilibrio, irrita.—Todo lo desequilibrado, irrita. Esta es la gran ley estética, la ley matriz y esencial. Ni el lenguaje ha de salirse, por lo sobrentusiasta o lo frío, del tono natural del sentimiento, ni los colores han de ser más que los que requiere la importancia del tema, ni el desconsuelo de la persona superior al consuelo del mundo”. (JM: Fragmentos, OC, t. 22, p. 38).

[41] “La epopeya está en el mundo, y no saldrá jamás de él: la epopeya renace con cada alma libre: quién ve en sí es la epopeya. Unos son segundones, y meras criaturas, de empacho de libros, y si les quitan de acá el Spencer y de allá el Ribot, y por aquí el Gibbons y por allí el Tucídides, se quedarían como el maniquí, sin piernas ni brazos. Otros leen por saber, pero traen la marca propia donde el maestro, como sobre la luz, no osa poner la mano. Y artesanos o príncipes, esos son los creadores. Epopeya es raíz”. [JM: “Rafael Serra. Para un libro”, Patria, Nueva York, 26 de marzo de 1892, no. 3, p. 3. (OC, t. 4, pp. 380-381)].

[42] “Ni me pida, ni me dé, palabras ajenas o mías, como cosa principal. Déme hombres: déme virtud modesta y extraordinaria, que se ponga de almohada de los desdichados, y se haga vara de justicia y espuela de caballería: déme gente que sirva sin paga y sin cansancio, en el mérito y entrañas de la oscuridad, el ideal a que se acogerán luego, pedigüeños y melosos, los mismos que, en la hora de la angustia, porque el polvo del camino les mancilla la corbata, se apartan de él”. [JM: “Carta a Sotero Figueroa”, Patria, Nueva York, 24 de octubre de 1893, no. 83, p. 1. (EJM, t. III, p. 424)].

[43]“Amigos fraternales son los padres: no implacables censores. Fusta recogerá quien siembra fusta: besos recogerá quien siembra besos:―que hoy en esta expansión creciente de todos los amores en que, a despecho de viejos dientes y ruines mordeduras, se aprietan unos a otros en abrazos purísimos los hombres,―ley es única del éxito la blandura,―la única ley de la autoridad es el amor”. (JM: “[Discurso en honor al poeta Alfredo Torroella, Liceo de Guanabacoa, La Habana, 28 de febrero de 1879]”, OCEC, t. 6, p. 19).

[44]“Aposento natural tiene en la Revista Venezolana todo pensamiento americano; y cuanto al bien de nuestras tierras, y a auxiliarlas a formar conceptos propios y altos contribuya. No se publicará en extraño pueblo libro de nota que aquí no sea explicado; ni libro alguno entre nosotros que no nos halle con la pluma alzada en pro de sus bondades, y en excusa de los que nos parezcan extravíos. Amar: he aquí la crítica”. (JM: “Propósitos”, Revista Venezolana, Caracas 1ro de julio de 1881, OCEC, t. 8, p. 57). (En “[Apuntes para el discurso sobre Echegaray]”, Martí escribe: “Criticar es amar”, La Habana, junio de 1879, OCEC, t. 6, p. 67).

[45] JM: “El poeta Walt Whitman”, El Partido Liberal,México, 17 de mayo de 1887, OCEC, t. 25, p. 280.

[46] “La vida es sutil, complicada y ordenada, aunque parezca brusca, simple y desordenada al ignorante. La vida es una agrupación lenta y un encadenamiento maravilloso. La vida es un extraordinario producto artístico. Se sabe ya suficiente sobre la manera y condiciones de producción de la vida para tener derecho a esperar que se sabrá más; y no quedará en biología más misterio que el de la producción de los seres primitivos, aquel misterio que irrita y desafía a la mente humana […]”. [JM: “La ley de herencia. (Libro nuevo)”, La América,Nueva York, enero de 1884, OCEC, t. 19, p. 28].

[47] “Donde yo encuentro poesía mayor es en los libros de ciencia, en la vida del mundo, en el orden del mundo, en el fondo del mar, en la verdad y música del árbol, y su fuerza y amores, en lo alto del cielo, con sus familias de estrellas,—y en la unidad del universo, que encierra tantas cosas diferentes, y es todo uno, y reposa en la luz de la noche del trabajo productivo del día”. (JM: “Carta a María Mantilla”, Cabo Haitiano, 9 de abril de 1895, TEC, pp. 62-63).

—“[…] ¿Ni qué mayor poesía que la que, a manera de selva amazónica, va surgiendo ante los ojos a la lectura de un libro científico, en que se revela la grandiosidad, armonía y espíritu de la naturaleza?” (JM: Fragmentos, OC, t. 22, p. 141).

[48] “En el mundo, si se le lleva con dignidad, hay aún poesí­a para mucho; todo es el valor moral con que se encare y dome la injusticia aparente de la vida: mientras haya un bien que hacer, un derecho que defender, un libro sano y fuerte que leer, un rincón de monte, una mujer buena, un verdadero amigo, tendrá vigor el corazón sensible para amar y loar lo bello y ordenado de la vida, odiosa a veces por la brutal maldad con que suelen afearla la venganza y la codicia. El sello de la grandeza es ese triunfo. // […] La poesí­a vive de honra”. [JM: “Julián del Casal”, Patria, Nueva York, 31 de octubre de 1893, no. 84, p. 2. (OC, t. 5, pp. 221-222)]. 

[49] “[…] ¿Adónde irá un pueblo de hombres que hayan perdido el hábito de pensar con fe en la significación y alcance de sus actos? Los mejores, los que unge la naturaleza con el sacro deseo de lo futuro, perderán, en un aniquilamiento doloroso y sordo, todo estímulo para sobrellevar las fealdades humanas: y la masa, lo vulgar, la gente de apetitos, los comunes, procrearán sin santidad hijos vacíos, elevarán a facultades esenciales los que deben servirles de meros instrumentos, y aturdirán con el bullicio de una prosperidad siempre incompleta la aflicción irremediable del alma, que solo se complace en lo bello y grandioso”. (JM: “El poeta Walt Whitman”, El Partido Liberal,México, 17 de mayo de 1887, OCEC, t. 25, p. 280).

[50]“Creíais la religión perdida, porque estaba mudando de forma sobre vuestras cabezas. Levantaos, porque vosotros sois los sacerdotes. La libertad es la religión definitiva. Y la poesía de la libertad el culto nuevo. Ella aquieta y hermosea lo presente, deduce e ilumina lo futuro, y explica el propósito inefable [y] seductora bondad del universo”. (“El poeta Walt Whitman”, ob. cit., p. 281).

[51] XLIX

                                   Pange, lingua…

CANTA, lengua, la alabanza
de los gloriosos misterios,
y la vida como un rayo
desde el polvo hasta lo eterno.

Canta la blanca mañana
y el mediodía perfecto,
los rebaños de la tarde
que va espesando sus velos.

Canta la noche tremenda,
alcázar de los deseos,
y las lumbreras girando
con inefable silencio.

Canta la luz que dibuja
el discurso de los cerros,
chispeando el oro en la copa
de los árboles serenos.

Canta la tierra callada
y el bramido del océano,
y el humo que va lejano,
y de las nubes el vuelo.

Canta los peces, las aves,
los animales del suelo,
y los colores llameando
la escritura de sus cuerpos.

Canta las cosas que el ojo
alumbra en su fundamento,
y las que tocan las manos
de los niños y los viejos.

Canta el sabor que a tu canto
de sustancia está nutriendo,
y los aromas del mundo,
y los lirios opulentos.

Cántale al pobre y al rico
el cántico de, su anhelo,
la forma de su esperanza,
el río de su consuelo.

Canta, lengua, con la voz
de los tres puros mancebos,
Sidrac, Misac y Abdenago,
Que están cantando en el fuego.

Canta, lengua, con la voz
que en ti se está deshaciendo,
como la lluvia en la grama
y la nieve sobre el heno.

Canta, lengua, que es tu oficio,
la sal de tu privilegio,
cantar todo lo que existe
a los vivos y a los muertos.

[Cintio Vitier: “XLIX”, Canto llano (1954-1955), La Habana, Orígenes, Impresores Úcar, García, S. A., 1956, pp. 60-61].

[52] Rubén Darío (1867-1916).

[53] Ángel Gaztelu: “Sobre Lactancio Firminiano”, Espuela de Plata, núm. 1.

[54] JM: Fragmentos, OC, t. 22, pp. 39-40.

[55] “Carta a doña Leonor Pérez”, [Montecristi] 25 de marzo de 1895, ob. cit., p. 15.

[56]“Aquí estoy, solo estoy, despedazado.
Ruge el cielo: las nubes se aglomeran,
Y aprietan, y ennegrecen, y desgajan:
Los vapores del mar la roca ciñen:
Sacra angustia y horror mis ojos llenan:     
A qué, Naturaleza embravecida,
A qué la estéril soledad en torno
De quien de ansia de amor rebosa y muere?
Dónde, Cristo sin cruz, los ojos pones? […]”

(JM: “Isla famosa”, Versos libres, OCEC, t. 14, p. 144).

[57]“[…] ¿Casa dije? No hay casa en tierra ajena!…
Roto vengo en pedazos encendidos!                     
Me recojo de tierra: alzo y amaso                
Los restos de mí mismo; ávido y triste
Como un estatuador un Cristo roto:
Trabajo, siempre en pie, por fuera un hombre,
¡Venid a ver, venid a ver por dentro! […]”.

(JM: “[No, música tenaz, me hables del cielo!]”, Versos libres, OCEC, t. 14, p. 218).

[58] JM: “Poema XLVI”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, p. 352.

[59] “Yo sé de un pesar profundo
Entre las penas sin nombres:
¡La esclavitud de los hombres
Es la gran pena del mundo!”
(JM: “Poema XXXIV”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, p. 339).

[60]“¡Verso, nos hablan de un Dios
Adonde van los difuntos:
Verso, o nos condenan juntos,
O nos salvamos los dos!”

(JM: “Poema XLVI”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, p. 353).