LA PROTESTA DE THOMASVILLE

Ni pueblos ni hombres respetan a quien no se hace respetar. Cuando se vive en un pueblo que por tradición nos desdeña y codicia, que en sus periódicos y libros nos befa y achica, que en la más justa de sus historias y en el más puro de sus hombres, nos tiene como a gente jojota y femenil, que de un bufido se va a venir a tierra; cuando se vive, y se ha de seguir viviendo, frente a frente a un país que, por sus lecturas tradicionales y erróneas, por el robo fácil de una buena parte de México, por su preocupación contra las razas mestizas, y por el carácter cesáreo y rapaz que en la conquista y el lujo ha ido criando, es de deber continuo y de necesidad urgente erguirse cada vez que haya justicia u ocasión, a fin de irle mudando el pensamiento, y mover a respeto y cariño a los que no podremos contener ni desviar, si, aprovechando a tiempo lo poco que les queda en el alma de república, no nos les mostramos como somos. Ellos, celosos de su libertad, nos despreciarían si no nos mostrásemos celosos de la nuestra. Ellos, que nos creen inermes, deben vernos a toda hora, prontos y viriles. Hombres y pueblos van por este mundo hincando el dedo en la carne ajena a ver si es blanda o si resiste, y hay que poner la carne dura, de modo que eche afuera los dedos atrevidos. En su lengua hay que hablarles, puesto que ellos no entienden nuestra lengua.

Todo eso han entendido los muy nobles cubanos de la fábrica de M. Cortés, de Thomasville, al protestar, en documento muy bien construido y dicho, contra el increíble reino del terror, latente por desdicha en el corazón de este país, con que para impedir que se les mudara una fábrica a un puerto rival, y a la hora misteriosa en que a España convenía, asombraron sus vecinos de habla inglesa a los cubanos de Key West, trayendo a boca de fusil obreros extraños a sentarse a las mesas que por años habían ocupado sus compañeros desposeídos. El lenguaje de la protesta tiene aquella severidad irrefutable que viene de poner por delante los hechos que la palabra merecida flagela luego. La protesta en inglés de los enérgicos cubanos de Thomasville, respetada como habrá sido por la fuerza de su pensamiento y la justicia de su indignación, merece plácemes enteros, porque por ella nos hacemos oír de la gente honrada que por ignorancia o error nos malmirase, y por ella muestran los cubanos que, a la hora de la bofetada, no hay entre nosotros más que una mejilla.—Todos resistamos aquello de que hemos de padecer todos.

JOSÉ MARTÍ