¡A CUBA!

¿Cuándo con más prueba que hoy, después de los sucesos de Key West, después de ese odioso espectáculo de una ciudad creada por sus hijos adoptivos que se sale de su suelo y de su ley para ir a traer de afuera los enemigos de sus hijos, cuándo, con más angustia ni más amor que hoy, brotó del corazón cubano este grito: ¡A Cuba!?

La ciudad, triunfante tras sus primeras pruebas, enseñaba ya orgullosa, donde en manos de los yankees no hubo más que arenal y bohío, aquellas fábricas que son como academias, con su leer y su pensar continuos; aquellos liceos, donde la mano que dobla en el día la hoja del tabaco, levanta en la noche el libro de enseñar; aquellas sociedades de artes y recreos de donde solo se excluye, por aseo moral, a los infieles a la patria; aquellos hogares donde se ve apenas la pobreza, por el mucho espacio que ocupa la virtud. De lo más triste y menesteroso de Cuba se hizo el Cayo, con uno u otro criollo acomodado que echó allí el amor al sol, y un puñado después de almas fervientes, del señorío y de la pobreza, que llevó allí la fama de que el Cayo fiel era todo un hogar. De ese compuesto híbrido en que la capital pervertida echaba a barcadas su crimen; de ese riñón criollo, donde de todas las angustias de la vida surgían las sublimidades todas de la esperanza, donde la cuota de los humildes fue año tras años en los diez de nuestro honor, el sostén principal de los soberbios; de aquella fusión diaria del amo destronado y el siervo redimido, puestos al mismo pan en la mesa creadora del trabajador, surgió, sin más consejo ni enseñanza que nuestra alma isleña, la ciudad de talleres ordenada y virtuosa, que de sus rezagos dio vida al Estado gris, animó con las industrias de Tampa la costa muerta, dio origen y sustento a los ferrocarriles y vapores de todo aquel rumbo floridano, y mudó el concal yankee, la aldehuela de rancheros y de pescadores, en el pueblo de liceos libres y escuelas gratuitas y caballeros del taller y bolsa generosa, en el primer puerto del Estado de la Florida. Los que callan de esto, o niegan esto, son gente de papel, con una revista en el ojo y en el otro una preocupación: la gente de verdad reconoce esto, la que trabaja y admira el trabajo, la que sabe que los albañiles los que levantan y amasan, han de llevar en las manos el callo de la piedra y el manchón de cal. ¡Afuera y al horno, por impura e inútil, la mano sedosa que lame en el saludo la mano ensangrentada o envilecida del corruptor de su país!: adentro, y en los cimientos, la mano áspera que trabaja el rifle con que se ha de echar al insolente al mar, la mano santa, enjuta a veces de miseria, que acaricia y levanta en la sombra, con la esperanza del humilde, la patria de justicia, con el seno caliente para el pobre, que se alzará del mar al cielo, con los brazos abiertos para la humanidad. De confianza y gratitud excesivas fue el error principal, y acaso el único, de esa sociedad naciente: por el Washington de la leyenda, que fue más la criatura de su pueblo que su creador; por el amor de aquel Lincoln de quien llevamos luto los cubanos, y en todo fue de bondad inefable, menos en su consentimiento de hacer de Cuba el vertedero de todos los estorbos de su nación; por el cansancio de la incuria y tiranía de España, que en los hombres de peso y realidad inspiraba un amor vivo a la aparente justicia y superioridad norteamericana; por la ciega pasión de las libertades yankees, forma natural en toda alma ordenada del aborrecimiento a la opresión y desidia españolas; por el natural apego de los hombres de adelanto y orden a las libertades hechas, que suelen en los impacientes y egoístas convertirse en desdén y abandono de la libertad propia, y por el noble natural del cubano, que pisaba con ternura el suelo en que podía pensar libremente y trabajar sin deshonor, llegó el Cayo a amar tanto a la tierra de su asilo, y a confundir de modo tal la libertad que lleva de disfraz con la conquista que lleva en el corazón, que por su misma mano entregó al conco en mal hora el gobierno de la ciudad que el conco no había sabido levantar. Hasta en las entrañas de la casa ponía el cubano el agradecimiento: el uno reñía con sus amigos por defender este o el otro candidato yankee; el otro, aunque volviera mañana a su tierra libre, levantaba, como la ermita de la gratitud, una casa en el Cayo a la orilla de la mar: bendecía el otro, ya a la sombra de los árboles plantados por su mano, el suelo donde le volvió a nacer la familia que le echaron de Cuba la pobreza y la persecución: le nacía al otro una hija, y la llamaba como una india buena, o como un Estado de la patria norteamericana. Uno tenía a Blaine sobre el piano, y otro tenía en la sala a Cleveland. El de Blaine, engañado por el deseo, veía al redentor de Cuba en aquel prestidigitador de preocupaciones que fue de Cuba el enemigo más frío e insolente: el de Cleveland, creía ver en él el adversario de lo que en todas partes se ha de combatir, de la república de privilegios y el monopolio injusto.

Sobre lo venidero había vivido la industria americana, contando con que cuando se le acabase el consumo interior, siempre podría vaciar la producción excesiva en las tierras flojas de la América del Sur; y a eso vino aquella reciprocidad de comedia, y la desvergüenza, descabezada a tiempo, de aquel congreso panamericano. Les falló el plan, porque no faltaron repúblicas previsoras ni vigías certeros, y anda el Norte desde entonces recogiendo los gastos, sin tener con qué pagar la mucha fábrica sobrante, ni dónde vender lo que produce. Las industrias de lujo, como la del tabaco, padecían las primeras de esta estrechez y alarma, y del balance brusco e inesperado en las cuentas galanas de la nación.

Pero el Cayo flagelado cargaba alegre su miseria: ¿no habían vivido allí los padres veinticinco años? ¿no había comprado allí el obrero gota a gota su casita? ¿no estaba allí enterrada, en aquella tierra blanca, la pobre madre vieja, la compañera de las manos duras, el primer hijo del matrimonio? ¿no había aprendido allí el esclavo, y el guajiro oprimido, y el pilluelo de la ciudad todos los deleites de la libertad y todas las arrogancias del hombre? O escaseaba el trabajo, o era poco y rastrero; y no había pan más que para una comida, ni más zapatos que los del domingo; pero allí vivían, sin empleo, centenares y miles, fieles a los sepulcros y al rincón querido, fieles al Cayo. De pronto, uno de los talleres de la ciudad, que venía levantándose y cayendo, y se había apuntalado con dos socios de cuna española, entró en tratos con la ciudad rival de Tampa, donde ofrecen a los fabricantes la tierra y las franquicias que el concal de Key West no supo darles; preguntan en Key West los norteamericanos por qué se va el Seidenberg, y le oyen que es porque no puede traer al Cayo obreros españoles; agencias subterráneas, que compran y velan, azuzan el interés desbocado de la gente inglesa: y aquel pueblo convertido de villorrio en ciudad por el esfuerzo cubano, aquellos comerciantes levantados de un peso a cien por el sábado cubano, aquellos jueces sentados en sus sillas por los votos cubanos, aquellos ebrios curados del delirio por médicos cubanos, aquellos hijos de una colonia redimida que no pueden, sin negarse a sí mismos, extrañar que, como ellos rechazaron el té inglés, rechacen a sus dueños los colonos cubanos, aquellos que los cubanos levantaban y querían, llenaron la plaza de gente, acusaron a los cubanos de rufianes, hasta árbol pidieron donde colgar algún cubano de ejemplar, y desertando los empleos que deben a la confianza y prosperidad de los hijos de Cuba, al patriotismo y trabajo de los hijos de la revolución, salieron de la ciudad creada por la revolución cubana a pedir a una monarquía extranjera soldados enemigos de los naturales de América que les han fabricado la ciudad,—a traer obreros nuevos, por la condición de ser europeos y enemigos de su comunidad, al pueblo donde de un año atrás padecen por centenares sin empleo los obreros fundadores… El golpe no fue en el jornal, sino en el corazón. Se les amaba como a hermanos, y se revolvían contra sus hermanos. Se veía en ellos la libertad suspirada, la república anhelada, la equidad y prestigio de la ley, el prestigio y la emancipación de América, y ellos aterran las casas, quitan el pan de la boca del trabajador, encarcelan a hombres inocentes, arrastran a un calabozo al que lleva a la cárcel un recado, piden para los cubanos el patíbulo en la plaza pública, ostentan en el pecho como un honor los colores que simbolizan en América la tiranía, y han flotado, sangrientos, sobre las ruinas de nuestras casas y los cadáveres de nuestros hermanos. ¡Ellos, los republicanos de América, con la insignia del asesinato al pecho! ¡Ellos, los hijos de un pueblo libre, subiéndole las escaleras a un soldado tirano e hipócrita, pidiéndole obreros con que empobrecer, y soldados con que humillar, a los que quieren, como ellos quisieron un día, hacer libre a su pueblo! Heló el estupor a los cubanos, como si viesen, en la cama del hogar, muerto de puñalada lo que más querían. ¿Conque era sangre también, como el de Cuba, aquel mar azul? ¿Conque los echaban, como a los zorros de California, como a los últimos tejanos, de la ciudad que habían levantado, más que con el producto de su industria, con el tesón y empuje de su patriotismo? Uno hubiera querido arrancar su casa de raíz, y echarla a la mar; otro cargar las nueve criaturas, y salir a buscar justicia por el mundo; otro quitar el nombre a la hija. ¡Es el horror mayor e irremediable, ver infame o indigno lo que amábamos! ¿Es así, pues, el universo entero? ¿No hay mérito ni virtud, no hay desgracia ni persecución, que puedan conmover el corazón extraño? ¿Es inútil, pues, ante un pueblo que el mundo supone juicioso y viril, levantar, pecho a pecho, con los residuos humanos de una civilización viciosa, una ciudad donde el desorden y crimen del despotismo se han condensado y ordenado en la honradez de la industria y la vida franca y variada de la libertad? ¿Es así, sin amor, sin caridad, sin amistad, sin gratitud, sin respeto, sin leyes, es así la primer república del mundo? ¡No hay, pues, asilo, ni en la primer república del mundo, para los pueblos que andan huyendo de la servidumbre! Ni ¿qué derecho tiene a la seguridad de la patria quien no tiene patria? Quien desee patria segura, que la conquiste. Quien no la conquiste, viva a látigo y destierro, oteado como las fieras, echado de un país a otro, encubriendo con la sonrisa limosnera ante el desdén de los hombres libres, la muerte del alma. No hay más suelo firme que aquel en que se nació. ¡A Cuba! dice el alma entera, después de este engaño del Cayo, después de este golpe brutal en nuestro cariño y en nuestras soluciones: ¡a la única tierra del mundo de donde no nos echarán como a los zorros de California, y como a los tejanos!

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Si hubiera habido provocación alguna, si hubiese habido relación entre la provocación cubana y los actos de los norteamericanos, si en realidad se hubiese violado por los cubanos el derecho de tránsito libre que concede a todos los hombres, o concedía hasta hace poco tiempo, la constitución del país, nunca habría excusa para que los norteamericanos
—violando las leyes internacionales, y las del trabajo en su patria—saliesen a pedir a un gobierno extranjero trabajadores que importar a un mercado sobrante de trabajadores, y gente enemiga que provocase un conflicto en la ciudad que debían salvar de él; pero, ante la justicia seca, que es lo único a que ha de asirse el hombre decoroso y sensato, habría razón para que las autoridades de Key West mantuviesen la ley, por sobre la resistencia abusiva e indefinible de los cubanos. Si los cubanos quieren tierra inmune, donde puedan mandar, conquístense su tierra, como el yankee le conquistó al inglés la suya. Un yankee que ha conquistado su tierra no es igual, sino superior, a un cubano que no ha conquistado la suya: ¡ni aquellos yankees que pelearon por su libertad contra el inglés son iguales, sino superiores, a los yankees que van a pedir ayuda al extranjero para empobrecer y humillar a hijos de América que pelean por la libertad! Cierto es que—aun cuando los cubanos revolucionarios, que por su amor a la independencia de Cuba han poblado y enriquecido el Cayo, creyesen tener derecho moral, por más que legal no lo tuvieran, a mantener libre de la persecución española la ciudad que poblaron y enriquecieron—los antecedentes y espíritu de la nación americana les daban derecho a esperar de ella, para el natural de un país de América que pelea por emanciparse de una monarquía de Europa, la misma indulgencia, en estas cosas sagradas, que gozan en los Estados Unidos los irlandeses que pelean para emanciparse de la Gran Bretaña. Pero de los norteamericanos es el tener la indulgencia, y de los cubanos el cumplir la ley del país.

Los cubanos no tienen derecho alguno a impedir que un español, porque es español, desembarque en territorio de los Estados Unidos. Los Estados Unidos pueden y deben castigar a quien viole esta ley, como cualquiera otra de las suyas. Pero para castigar la violación, es preciso que la ley sea violada; para probar la violación es preciso probarla con las leyes establecidas para perseguir y las garantías que da la ley al perseguido. Pudo años atrás la pasión de la independencia armar de un garrote castigador el brazo de un puñado de cubanos fanáticos, tan capaces de pelear en el muelle de Key West como en la boca de los cañones españoles; y uno u otro cubano pudo esperar en el muelle, garrote en puño, al español que, no cansado de echar al cubano en la Isla de todas sus mesas de trabajar, viene todavía al país extranjero a quitarle la industria que aprendió de él: ¿que no tienen corazón los españoles, ni ven esta injusticia? ¿que no tienen corazón los norteamericanos, y ayudan esta injusticia? Pero de lo que en tiempos pasados pudo un puñado de cubanos intentar, cuando no se había condensado la vida revuelta del Cayo recién nacido en el orden social superior en que ya hoy se condensa, de lo que pudo hacer un puñado de cubanos en Key West, que jamás fue ni hubiera sido, por la nobleza en el cubano natural, como los linchamientos bárbaros del Sur y los continuos asesinatos de las caretas-blancas del Noroeste, no puede un pueblo de ley, un pueblo de hombres sensatos y honrados, un pueblo de hombres justos y amigos, presumir, contra la verdad y las apariencias, que la ley va a ser violada en un caso posterior, y castigar de antemano, con lujo de rabia en toda una ciudad, y con venganza inicua contra los que solo bien le han hecho, un delito que nadie ha cometido. Las relaciones de amistad de tantos años ¿no imponían entre cubanos y norteamericanos la averiguación siquiera de la conspiración imbécil que unos cuantos bandidos de la lengua imputaron, sin razón, a los cubanos? La causa moralmente respetable del desagrado con que los cubanos vean la ciudad que han poblado, y en que hoy viven sin empleo, ocupada por los obreros que los despojan en su propio país ¿no merece el afecto, y generosa cortesía, de los norteamericanos justicieros, en vez de su frenética enemistad?

¿Qué mano misteriosa andaba allí, qué norteamericano bribón recibió allí paga del gobierno de España para azuzar el interés y abusar del republicanismo de sus compatriotas, qué venganza de candidato frustrado o corazón bajo y rencoroso encendió allí las preocupaciones injustas de los del Norte contra los de Cuba, que la obra de veinticinco años se olvidó en una hora, y la ciudad que nos debe su comercio, su industria, su renombre, el amor entrañable que le tuvimos, se alza, sin preguntar, contra nosotros, y organiza, con alarde de terror, una resistencia fuera de toda relación con el rumor vago que parecía fundarla? ¿Quién la preparó, que estaba tan bien preparada? ¿De cuánto tiempo venía, que resultó toda hecha? ¿Quién la pagó, que estuvo tan bien servido? ¿Por qué los hombres buenos cedieron, por ignorancia o por pasión, o por erróneo concepto de su interés, a una liga patente de intereses privados,—de demagogos que viven de agitar las preocupaciones públicas,—de pedantes incapaces de comprender al pueblo virtuoso que desdeñan, y en una hora de revuelta sacian la ira, por años contenida, de haber necesitado de él, de haber vivido de su favor y de sus votos? ¿O es el pueblo norteamericano incapaz de justicia, del respeto que a la virtud se debe y de la gratitud a que obliga la amistad? ¿Será así, feroz y desagradecido, todo el pueblo norteamericano? ¿Será que en el alma de la raza hay tal ira contra el criollo español, una idea tan falsa sobre su capacidad moral y política, que los hombres más ruines de la raza del Norte osan desdeñar las virtudes más meritorias en el cubano, porque las ha mantenido en la miseria y la esclavitud? ¿No habrá hombres honrados allí, que se avergüencen de lo que han ayudado a hacer, y se revuelvan contra los que, con un engaño inicuo, los obligaron a violar las leyes de su país, de las naciones y de la humanidad? ¿Derecho? ¿derecho alguno de parte de los norteamericanos para actos semejantes, para la junta de acusación en la plaza pública, para la imperdonable protesta, para ir a tratar sin permiso de su país con una monarquía extranjera y despótica, para pedir a un gobierno extranjero milicia con que injuriar y provocar a sus conciudadanos, para traer más obreros de afuera, contra la ley del país y la generosidad natural del hombre, a un pueblo donde están sin empleo centenares de obreros,—los obreros de los veinticinco años, los que han fabricado el pueblo? Porque se dijo que había una conspiración de diez y nueve cubanos contra los españoles que llegasen se hizo todo esto,—y cuando las personas de más respeto de la ciudad, héroes de casa antigua en la revolución de Cuba, apóstoles justamente venerados de los derechos populares, alcaldes hasta hace poco tiempo de ciudades cubanas, pidieron en nombre de su pueblo las pruebas de la conspiración, y se ofrecieron a castigarla, nadie presentó prueba, nadie pudo responder:—y cuando el abogado pidió al tribunal la libertad de los dos cubanos presos, sin las garantías de la ley, como cabezas de la conspiración—el abogado solo, en aquella ciudad enemiga y aterrorizada—el tribunal dio libres a los dos hombres al instante, porque no había acusación alguna contra ellos… ¿A qué, tiranía de España, te abandonamos, si hemos de encontrar en una república americana todos tus horrores? ¿Por qué tuvimos amor y confianza en esta tierra inhumana y desagradecida? No hay más patria, cubanos, que aquella que se conquista con el propio esfuerzo. Es de sangre la mar extranjera. Nadie ama ni perdona, sino nuestro país. El único suelo firme en el universo es el suelo en que se nació. O valientes, o errantes. O nos esforzamos de una vez, o vagaremos echados por el mundo, de un pueblo en otro. Aquellos que amamos, aquellos, con rabia de perro, nos morderán el corazón… Cubanos, no hay hombre sin patria, ni patria sin libertad. Esta injuria nos ha hecho más fuertes, nos ha unido más, nos ha enseñado más que el libro y el diploma y la chaveta, que todos tenemos un alma misma; que España es el enemigo único, que en Cuba nos acorrala y nos corrompe, y fuera de Cuba nos persigue, por dondequiera que hay un hombre con honor, o una mesa con pan; que no tenemos más amistad ni ayuda que nosotros mismos. ¡Otra vez, cubanos, con la casa a la espalda, con los muertos abandonados, andando sobre la mar! Cubanos, ¡a Cuba!

JOSÉ MARTÍ