JOSÉ MARTÍ, SU CIRCUNSTANCIA Y SU TIEMPO

A quienes conocen bien a Martí —tanto al hombre como al escritor— les resulta comprometedor hablar de él a quienes lo ignoran, y aún escribir sobre él. Una vez que hemos penetrado en su espíritu y en la magnitud de su obra, ambos nos ganan el albedrío y nos dictan el tono exaltado y hasta panegírico. Este diapasón apologético es una constante en la enorme bibliografía crítica martiana, ya se trate de escritores europeos o americanos. No hay bibliografía pasiva de escritor laico hispano en la que tanto se prodiguen los vocablos reservados para la literatura hagiográfica como la de Martí. Exceptuado Cervantes, no existe otro escritor de nuestra lengua que tan suave e irresistible vasallaje nos imponga así que columbramos su reino. Tan inusitada y de tan noble jerarquía es la trinidad de valores que en él se dio, que el lector —o el oyente— no iniciado en su conocimiento se torna escéptico o suspicaz, y reputa como loa de adepto o hipérbole de idólatra, lo que es mero recuento de auténticas excelsitudes intelectuales, artísticas y éticas. Nos ocurre un poco a los que a su mundo espiritual nos hemos asomado con detenimiento cuando lo explicamos, lo que le sucedía a Marco Polo con sus escuchantes al describirles las maravillas que vio en su viaje al Oriente: que no nos creen o conceptúan infundado nuestro fervor. (Aleccionado por tal experiencia, quien esto escribe acostumbraba curarse en salud leyendo a sus estudiantes una serie de juicios de escritores extranjeros prominentes —de preferencia norteamericanos— antes de iniciar su estudio). Algo similar le ha ocurrido a Guillermo Díaz-Plaja recientemente en España. Díaz-Plaja es uno de los rarísimos españoles de su generación que ha estudiado a Martí, pero la ignorancia que en torno a Martí reina entre sus compatriotas repudia su testimonio.

Tampoco se lee mucho a Martí en América, aunque a diario se le invoque. Con Martí está ocurriendo en América lo que con Dante, Cervantes o Shakespeare: se le nombra y se le cita “de oídas” y por referencias de segunda o tercera mano, sin leerlo ni meditarlo.

En los países americanos, Martí se ha convertido en valor mostrenco —intelectual y moral— de libre circulación que cada quisque indocto se apropia cínicamente, sin estudiarlo y, por supuesto, sin la más remota intención de emular el ejemplo pautador de su virtuosa conducta. Martí ha devenido mito por estas tierras. Es un símbolo o una imagen bajo cuya advocación se ponen lo mismo el justo que lo lee y lo venera, que el pícaro, el fullero, el malandrín político, o el escritor venal. Especie de Cristo americano, en su ara simulan comulgar muchos, pero los fieles, los leales, son muy contados. Como el de Cristo, su nombre se invoca en vano por falaces adeptos que en la realidad de su conducta perpetran las más desvergonzadas apostasías. Su evangelio de amor, de dignidad, de honradez y de ternura es a diario traicionado por aleves perjuros.

La múltiple ejemplaridad de este varón insigne es poco menos que única entre escritores de nuestra lengua. Ya se le indague la conducta, la moral política, social o individual que predicó; ya se estudie su pensamiento o su genio literario y poético, es un diamante multiedro que por donde quiera que se le mire o enfoque brota luz. Cuanto más se le escudriña más se agiganta a nuestros ojos. En su caso falla el proverbio que afirma que nadie es grande para su ayuda de cámara, porque cuanto más intimamos con él, más noble, puro y genial lo descubrimos. El hombre y el escritor en él resisten el microscopio y el análisis más riguroso sin que se nos achique ni destiña. En él se dieron a idéntico nivel tres dimensiones o potencias que ningún otro escritor hispano ostenta: la heroica, la apostólica y la genial. Las dos primeras fueron las que de inmediato se le reconocieron y otorgaron a su muerte. Todavía prevalecen hoy en la imagen que de él tienen las masas y aún en la estimativa de sus intérpretes. Sin embargo, muchos contemporáneos percibieron y proclamaron su genio literario entre 1882 y 1895; pero al morir, su obra escrita quedó desparramada en periódicos y revistas de todo el continente y no fue recopilada hasta años recientes. Entre 1895 y 1925 se ignoró su talla de poeta y de prosista único. De ahí que sean tan raros y de importancia exegética casi nula los estudios que sobre el artista de la palabra se publicaron durante esos treinta años. Las sendas ediciones de Obras completas dadas a la luz en La Habana por las Editoriales Lex y Trópico —ambas muy deficientes y plagas de errores— han revelado el insigne escritor que Martí fue y al pensador vigoroso y original. Hoy empiezan a ser estudiadas con seriedad estas dos facetas de su genio poliédrico. Por eso ha podido decir de él Federico de Onís —el español que mejor lo conoce y más sagazmente lo ha interpretado:

El valor de Martí ha crecido sin interrupción desde su muerte hasta hoy. Su personalidad y su obra han adquirido gradualmente ante nuestros ojos dimensiones no igualadas por ningún otro de los muchos y grandes escritores que la literatura de la lengua española ha producido en los últimos setenta años, a raíz de la gran renovación literaria que llamamos Modernismo. Martí ha llegado a ser sin duda alguna el más vivo y actual de todos ellos, y este juicio de la posteridad es indicio seguro de que su valor se contará siempre, como ahora ya, entre los más altos de nuestra América.

La circunstancia de haber nacido en una isla irredenta todavía condicionó y orientó su destino y su conducta. Desde la temprana adolescencia tuvo la premonición de su sino trágico y dispuso el ánimo para la vida de renuncia y sacrificio que la redención de su patria reclamaba de él. De ahí el viso agonista que preside toda su obra escrita —aun en aquellos aspectos de ella en que se nos revela como esteta y apolíneo. Sus primicias literarias escritas entre los quince y los diecisiete años son ya de filiación agonista y fueron inspiradas por el sentimiento patriótico. Más aún lo es su primera obra en prosa, escrita al filo de los dieciocho años, tras una terrible experiencia que decidió su destino: El presidio político en Cuba, patético, vibrante y conmovedor relato de los crímenes que en aquel antro presenció. Es este un documento de suma importancia de cuya lectura no podrá prescindir nadie que aspire a conocer e interpretar su personalidad y su genio literario. Cuando el gobierno español de la isla lo condenó por infidencia a seis años de trabajos forzados al cumplir él los diecisiete, tenía ya el alma templada para el martirio que la patria demandaba. El forjador había sido su maestro en humanidades y patriotismo, el poeta Rafael María de Mendive. Al ideal de libertar a su patria consagró desde entonces su actividad y su genio. Este anhelo se le convirtió en obsesión y en su ara lo inmoló todo: fortuna, bienestar, familia, gloria literaria y, por último, la vida.

Por lo insólita debe señalarse aquí otra singularidad. Este acrisolado patriota cubano, consagrado de por vida a pelear contra el dominio español en Cuba, es al mismo tiempo un amante ardoroso y un propagador infatigable de los grandes valores de la cultura española. Nunca, ni en los instantes de mayor actividad revolucionaria, dejó de exaltarlos y defenderlos con amoroso empeño. Cuando al cumplir los veintidós años llegó a México, en enero de 1875, venía ya pertrechado del suficiente dominio de la lengua y del indispensable bagaje cultural para emprender su apostolado americanista y desempeñar el magisterio artístico que ejercerá en la prensa americana durante veinte años.

En el recio árbol del idioma clásico —en el tuétano de buey de los clásicos, como dice Gabriela Mistral—, injertó Martí las conquistas artísticas de la lengua francesa, gracia y cromatismo. Martí fue el primero en nuestro idioma que funde y refunde en el acerado molde clásico los aliños y aderezos estilísticos de parnasianos, impresionistas y simbolistas. Sorprende que sus exégetas no hayan reparado en la deuda de Martí a la prosa francesa de su época, siendo así que él mismo lo admitió. Sin negar el ascendiente anglosajón —sobre todo en el orden de la ética, las ideas políticas y el pensamiento social— hay que reconocer el rectorado artístico que en el desarrollo de su prosa ejerce Francia.

Entre 1880 y 1895, Martí es un escritor trilingüe, el único de nuestra lengua que por aquellos días escribe asiduamente en castellano, inglés y francés. Sin embargo, son muy raros los vocablos ingleses o franceses que en su prosa castellana se colaron, aunque sí se descubren en ella a veces giros sintácticos de oriundez anglosajona. Habiendo vivido en New York durante tres lustros, hablando inglés a diario y leyendo en esta lengua, en latín, en francés, en alemán, en italiano y portugués más que en español, resulta asombroso el hecho de que no se le haya corrompido el léxico ni la sintaxis de la lengua madre a cuya índole y hermosura permaneció fiel hasta su muerte. Es un caso de lealtad poco menos que milagroso, sobre todo si se tiene en cuenta su tenaz empeño por renovar y enriquecer el caudal nativo y añadirle flexibilidad, gracia, ritmo y color a la prosa castellana, elementos que ya habían conquistado la francesa y la inglesa. Pero este hombre de mente tan abierta, tan receptiva y acogedora para toda forma de arte nuevo, tan revolucionario en todos los órdenes y tan innovador en materia de léxico, tratándose de la lengua madre, era un purista a su modo. Esta es una de tantísimas aparentes contradicciones que en sus ideas descubriría quien lo juzgara sin conocerlo a fondo.

Hacia 1882 cuaja definitivamente la gran prosa y el estilo —los estilos, porque son varias las modalidades que cultivó— de Martí. Este es año culminante en su evolución artística y punto luminar de la renovación modernista. A partir de esa fecha será parnasiano a ratos y a ratos impresionista o simbolista —y hasta las tres cosas a la vez en la misma crónica. En lo adelante, su estilo será sencillo o complicado, opulento o lacónico, aniñado —La Edad de Oro — o barroco, pero siempre inimitable, originalísimo, señero, imaginativo, plástico, rítmico y poético. Por la brecha que él abrió en la prosa desvaída, apelmazada, rutinaria, incolora y anémica de valores poéticos que por entonces se estilaba en España y América, entró la renovación modernista por él propugnada, tesoneramente predicada con volición novadora, y hasta documentada en la más copiosa y fecunda teoría de la prosa que ningún escritor hispano haya jamás escrito.

José Martí es el primer escritor de nuestro idioma que tuvo conciencia clarísima del desmedro artístico que aquejaba a la prosa castellana hacia 1880, y el primero también en rebelarse contra la rutina, el prosaísmo desnutrido, el casticismo academizante y baladí, tan en boga en España y América por aquellos días. Fue también el único escritor genial pertrechado del indispensable bagaje cultural —clásico y moderno— que se propuso renovar los canijos procedimientos vigentes y enriquecer el idioma inyectándole sangre nueva. Léase a efecto el editorial titulado “El carácter de la Revista Venezolana”, por él fundada y dirigida en Caracas, en 1881. Se publicó el 15 de julio de este año. Este editorial es algo así como la Carta Magna del Modernismo y punto de partida de su estética por lo que a la prosa atañe. En aquella proclama o manifiesto doctrinal en el que establece la teoría de la prosa artística, se leen estas por insólitas palabras que constituyen toda una tesis del estilo: “[…] el escritor ha de pintar, como el pintor. No hay razón para que el uno use de diversos colores, y no el otro”.

José Martí es por estos años, no solo el pensador de mayor rango que escribía en español, sino la mente más lúcida, más abierta a las nuevas corrientes filosóficas y literarias, más ávida y de más insurgente y libre espíritu que teníamos los que hablamos español. Todo lo que por entonces escribió tiene un signo revelador —literario, político, social y hasta religioso—. Por eso fue tan gran prosista, porque detrás del escritor palpitaba un pensador de talla y un hombre consumido por ansias redentoras que empieza por predicar con el ejemplo de su conducta inmaculada.

De alta significación teórica es el ensayo sobre “El poema del Niágara”, por Juan Antonio Pérez Bonalde, publicado en 1882. El poema y su autor son valores históricos poco menos que olvidados, pero el estudio que Martí les consagró representa un hito perceptible todavía hoy, tanto por las ideas que contiene como por la rotulante prosa en que las viste. Este ensayo es como el pórtico —o toma de conciencia— a través del cual entra la nueva era occidental en el somnolente mundo español. En esta meditación revela Martí aguda percepción del cambio radical que en el mundo se operaba. Época de descomposición y reajuste, de crisis en todos los aspectos de la vida, en la que se resquebrajaba un orden ya caduco y comenzaba a alborear uno nuevo que no acaba de cuajar todavía. Martí es el primero en nuestra lengua que se percata de esta mutación o crisis de la cultura, la moral, la economía, la religión y las relaciones humanas, operante hacia 1880 en Europa y los Estados Unidos.

MANUEL PEDRO GONZÁLEZ

Tomado de Manuel Pedro González: Indagaciones martianas, Universidad Central de Las Villas, Dirección de Publicaciones, 1961, pp. 53-82.