CRISTO LAICO

En otra ocasión apuntaba hacia el símbolo que hay en el hecho de que instintivamente escogieran los cubanos, como gran día de su héroe máximo, el de su nacimiento y no el de su heroica muerte. En Cuba se llegó a celebrar la Cena Martiana, en la noche víspera del nacimiento, con evidente imitación de la Cena de Nochebuena, que festeja el nacimiento de Cristo.

A la Iglesia no le hizo mucha gracia el hermanamiento, porque creyó, con razón, que se iba camino de la idolatría. Pero, como en tantas otras ocasiones, la Iglesia acabó por transigir, y personalmente recuerdo una gigantesca comelata martiana en Pinar Río, presidida por la bondadosa sonrisa de monseñor Evelio Díaz. (La Iglesia, vía para el cielo, tiene en esto de transigir con las cosas de la tierra una larguísima tradición. No estoy aludiendo a los obispos norteamericanos con Castro, sino más bien a hechos como el de “los ritos chinos”, desarrollado entre finales del siglo XVII y comienzos del XVIII).

No hay, pues, fallo teológico alguno en comparar a Martí con Cristo. Si ya sabemos que la vida y pasión de Cristo es una ejemplarización, un compendio de la historia de la humanidad, debe entenderse que por cuanto Cristo fue todo un hombre, todos los hombres, todo hombre puede ser, llegar a ser Cristo.

Depende esto de la vida que se haga, o de lo que cada cual haga con su vida. Con el bautismo se recibe una alta dosis de pre-cristificación. Luego, la vida del bautizado puede seguir o no una trayectoria que le acerque más y más, o le aleje, de la perfección de Cristo. El hombre, todo hombre, puede cristificar su vida. Conseguir esto es lo que llamamos salvación. ¿Puede salvarse, se salva alguien que, sin vivir religiosamente, se conduzca sin embargo de manera que toda su existencia desemboque en una pasión, en una muerte-por-el-hombre, como la muerte de Cristo?

José Martí fue un Cristo laico. La precocidad en el sacrificio de su persona, la intensidad de su amor por el prójimo quien quiera que fuese, la rectitud y fidelidad de sus ideas a una doctrina, el desinterés ante los bienes materiales, su sentido de la amistad, su capacidad de premonición y su acierto en la advertencia, su voluntad de morir antes que renunciar a su doctrina, todo lo que en un humano cabe exigir para considerarle en proceso constante de cristificación, lo hallamos en Martí.

Llegado aquí comprendo que quienes no conozcan suficientemente la vida y el pensamiento de José Martí pueden pensar que, en lo escrito en esta breve evocación de aniversario, no hay sino aberraciones de patriotismo, hipertrofia de amor a la tierra natal y a su cifra suprema, a su símbolo máximo.

Suena ciertamente a exageración lo que los cubanos —y los conocedores extranjeros de su obra— dicen del que mereció, como los inmediatos a Cristo, el título de Apóstol. Pero la idea de que se exagera al avalorar tan altamente una vida tan valorizada por sí misma, nace del desconocimiento de la obra de Martí, que es una mina riquísima, inagotable, henchida de muchos materiales preciosos, y aun de materiales radiactivos estremecedores.

En Martí es evidente, como en todos los grandes genios, la circunstancia de poseer un saber que es superior al estudio y a la experiencia personal. Estos seres saben más siempre de lo que correspondería a su edad y a sus estudios. Es el misterio del genio. En muchas cosas, Martí recuerda a Mozart, otro que no sabemos cómo podía saber lo que sabía. Cuando se habla de la influencia de los clásicos españoles en Martí, me sonrío tal como hago cuando oigo de la influencia de los hijos de Bach en Mozart.

No, Martí no se formó en los clásicos: él es un clásico por sí mismo. Mucho antes de que leyera a Gracián, poseía el arte aforístico y la sombrosa rotundidad de las frases. No tomó de los romanos la concisión, sino que en él se dio de nuevo la concisión de los romanos.

Creo que el fulgor de su vida política, de su papel en la historia de la independencia hispanoamericana, ha impedido hasta aquí el acercamiento universal a sus facetas de pensador y creador literario. Queda mucho Martí por conocer, por estudiar, como queda mucho Cristo por imitar.

Unamuno enseñó el verdadero significado de laico, que es pueblo. Un Cristo laico es el Cristo de un pueblo, no de una divinidad. El Cristo celestial quiere llevar la tierra al cielo. El Cristo laico aspira, nada menos, que traer el cielo a la tierra.

Tomado de La fuente inagotable, Valencia, Pre-Textos, 1995, pp. 91-93.