LA POESÍA

Era el siempre poeta, el poeta siempre.

Poetizaba su vida y la vida de los otros. Poetizaba los sentimientos y los sufrimientos; las penas como las alegrías. Conocía la rudeza y lo crudo de la realidad, el golpe del martillo y el aroma de la rosa, pero su mágica naturaleza se sobreponía al aroma y al golpe. El impulso cósmico que lo echó sobre el mundo lo convertía a cada instante en el Mago transmutador instantáneo de cuanta broza y escoria, acíbar o pezuña entraba en la redoma de su alma. De un amor como de un dolor brotaba en él un poema.

En el poeta integral lo poético es la respiración natural del ser. Antes y después del verso o del poema mismo, ese ser misterioso poetiza, transmuta todo. En prosa o en verso, en la palabra hablada como en la escrita, en el silencio comunicativo que es el lenguaje real del amor y de la amistad, Martí era el poeta-siempre.

Sabía mantener los pies en la tierra como el que más y mejor lo hiciera, pero ahí está el gran misterio de su dualidad o aun de su pluralidad de almas. Martí no es uno, es ciento.
Al tiempo que existe, vive. Como del romano de quien se dijo en el epitafio “existió sesenta años, vivió veinte”, queriéndose significar que solo disfrutó realmente de la vida veinte de los sesenta años que estuvo sobre la tierra, de Martí cabe afirmar: existió cuarenta y dos años, vivió doscientos o mil. Tanto fue lo que ardió aquella materia que lo recubría; tanto fue el universo que incorporó a su alma.

En un hombre como Goethe la mirada es el instrumento incorporador; en Martí es la poesía. Por la poesía el mundo entra en él y él se asimila, se incorpora al mundo. La poesía era en sus manos lo propio que el cincel en las de Miguel Ángel. Su ser, que es ante todo su imaginación, su instinto para transformar en imágenes fijas el fluido y huidizo azogue del contorno, es por esencialidad Poesía, sin poemas visibles en muchas ocasiones, sin versos escritos o dichos sino de tarde en tarde, pero él, el Poeta, tiene su hogar verdadero, su Paraíso personal indispensable, en la órbita poesía del planeta Tierra.

Perpetua e incesantemente está en trans-sustanciador de lo real en irreal y de lo irreal en realidad. Su don de alquimia le impulsa a transmutar lo terrenal en celeste, y lo celeste, lo cósmico, en milagro cotidiano, en hecho real. El pedazo de pan y la estrella. Es el poeta quien descubre que no existe frontera ni diferencia alguna entre lo irreal y lo real. Es un soñador que ve los hechos exteriores, y un pragmático que siente la fuerza de los sueños. Siente que lo irreal no es más que lo real incompletamente visto, lo material mirado descuidadamente, sin ver lo que verdaderamente se tiene ante los ojos. Que no es solamente el cuerpo, sino el intracuerpo, el extracuerpo, lo espectral materializado.

Un objeto, un sentimiento, un paisaje, una persona, conservan secretamente, siempre, sus raíces estelares, su cuna extraplanetaria. Un vaso de agua está tan lleno de irrealidad y de improbabilidad, de fantasmagoría, como el ala del ángel. Es el poeta, así Martí literalmente, quien sabe que las infinitamente pequeñas partículas de hierro que hay en la sangre, nacieron de la explosión de una estrella muerta, provienen de una catástrofe cósmica y forman parte viva y real del cosmos.

La tierra está atada al Universo y solo los Iluminados, los videntes de ojos de microscopio y alma de telescopio, los llamados a mostrarnos la verosimilitud de lo inverosímil, la irrealidad de lo real y la realidad de lo irreal. El poeta, como el pintor, como el músico, si de veras merecen llevar esos augustos nombres, son pedagogos del universo para el semirracional, semiciego, semisordo, que es (somos) el hombre común y corriente.

José Martí es un hecho alucinante de poeta integral, constante inconsciente de su videncia. Más allá de sus numerosos poemas escritos en versos, él vivió en poesía, por la poesía, para la poesía. Su existir —su insistir— consistió en poetizar el mundo que le rodeaba, fuese la tierra natal o la extranjera, fuesen hombres, mujeres o niños los que atraían su mirada mágica, encientadora, alquímica. Veía y trasveía. Lo oscuro como lo diáfano pasaba por la descomunal retorta de su espíritu a la velocidad de la luz. Pensaba, escribía, hablaba, como quien va muy deprisa, como alguien a quien esperan en otro lugar, en otro salón del planeta. Uno puede, si quiere, contentarse con sus bellas imágenes, tan plásticas, y leer:

Como delante de un ciego
Pasan volando las hojas.

y se ve el poema; o leer este rasgo de Magritte:

Como un ave que cruza el aire claro
Siento hacia mí venir tu pensamiento

o este poderoso verso juanramoniano:

Solo el amor, engendra melodías.

o:

Cual caballero de la muerte cruzo,
Solo y temblando—el campo de la vida.

o se le puede oír llamando a un poeta:

Vencedor de los dulces ruiseñores

o atenderle con asombro esta declaración que es un tratado de estética.

Oh, ritmo de la carne, oh melodía,
Oh licor vigorante, oh filtro dulce
De la hechicera forma!—

o ya en calma decir:

Pájaros, solo pájaros: el alma
Su ardiente amor reserve al universo.

o suavemente agitado por su vinculación al Cosmos decir:

El alma desceñida, a ver el mundo
Se asoma desde el seno de una estrella

o se puede aceptarle la sombría invitación a acompañarle en el viaje al fondo de su alma y fascinarse con la estrofa tremenda:

el heno, entre los claros
De las ramas parece oro.
Las nubes majestuosas serenas
Cruzan, a paso lento, el cielo vago.
Huele a vida la tierra, pitorrean
Los pájaros, de arriba
Cae la lluvia a lanzazos, como si viendo
Pasar los ángeles despiertos una fiera
Tan bella como la tierra, disparasen
Sobre ella desde las nubes todos sus
Saetazos.

¡Cuántos poemas fabulosos escritos sobre su piel, hay que leerle a este hombre! Partiendo de “Sueño con claustros de mármol” y de “No, música tenaz, me hables del cielo!”, ¿cómo rechazar ninguno de los increíbles Versos libres y Flores del destierro? ¿Y “Lluvia de junio”, donde confiesa más dramáticamente aún que en Versos sencillos la tentación del suicidio?

Dije en otra ocasión que Martí le ofrendó, le sacrificó a Cuba, más que su vida, su muerte, su acuciante deseo de salir de este mundo por propia decisión. En los Versos sencillos se lee:

Cuando al peso de la cruz
El hombre morir resuelve,
Sale a hacer bien, lo hace, y vuelve
Como de un baño de luz.

Ahora contemplamos cómo el poeta describe su pensamiento del suicidio:

De este junio lluvioso al dulce frío
Quisiera yo morir: ¡ya junio acaba!
Morir también en mayo amable quise,
Cuando acababa mayo. Saborea
Su dulce el niño, y con igual regalo
En noches solas y en febriles días,
Cual ardilla ladrona a ocultas mimo
El pensamiento de morir. Del libro
Huyen los ojos ya, buscando en lo alto
Otro libro mayor: pero no quiero
Ni en tierra esclava reposar, ni en esta
Tierra en que no nací: la lluvia misma
Azote me parece, y extranjeros
Sus árboles me son: Sí, me conmueve
Mi horror al frío: ¡oh patria amada!
¡Como mi corazón, mi cuerpo es tuyo!
¡Que los gusanos que me coman sean
Los que tu suelo mísero fabrican!

En medio de su desolación se rehace por la contemplación de la poesía y dice:

Saber no quiero
De la pompa del mundo: el amor cabe
En un grano de anís: la gloria apenas
Es un ojo de hormiga:
[…] la grandeza
Del corazón, el hombre envenenado
Antes la muerde que la aplaude: el verso
Es el último amigo.

El verso, la poesía como único amigo, final amigo. Tal escribió quien dijo: “Decir en verso (poner en verso) lo q. no brota en verso,—es prostituir el verso”. Para Martí era insoportable el plañidero, el querelloso, el que hace de su pena personal una acusación contra cielo. Afirmó:

Por Dios que cansa
Tanto poetín que su dolor de hormiga
Al Universo incalculable cuenta.—

No escribió una poética expresa, porque no creía en formas o fórmulas fijas para crear. Reproducir, dijo, no es crear: y crear es el deber del hombre. En lo hondo, pensaba en la poesía como misterioso testimonio de un misterio más alto, que se nos hace próximo en el quehacer espontáneo de la Poesía, el mensajero de la Verdad, de lo verdadero, de lo real real. Resumía él así su pensamiento:

En forma de imagen da la verdad, la poesía. No nace de pensar ni del que la escribe. ¡Nace escrita! El poeta no ha de ser soberbio, porque no crea lo que parece suyo. Lo que brota de él como llama súbita, que en él prende ya que es su cráneo muro escaso, ¡eso es Poesía! Lo que incuba y trabaja con la mente, y pule con el stylo cuidadoso, y labora con pena grandísima,—¡esa es la mera jerga del oficio, hecho a calor de estufa, que acabará con las pasiones que la engendran, y no soportará la luz del sol.

Esta condena de la poesía fabricada, construida artificialmente, literariamente, es una de las grandes anticipaciones de Martí, que adivinó o vio el peligro de “las palabras de la tribu” utilizadas como ladrillos para levantar un muro. Pero muro de nieve, poema sin alma, pura inteligencia geométrica, ultracerebral, helado y yerto.

La poesía de Martí, la poesía en él, es cálida, viva. Se toca el hombre leyendo el poema. Se siente que sus versos están hechos con sangre, con piel, con hueso. Es un hombre amasado en poesía. Poema es su mirar, su hablar, su traje, su velar, su dormir despierto. ¡Esqueleto revestido de poemas! Por el halo fantástico de su persona descubrimos la radiante lección de metafísica humana que nos dio Theillard de Chardin al decirnos:

Solo fantástico tiene posibilidades de llegar a ser realidad.

(1986)

Tomado de La fuente inagotable, Valencia, Pre-Textos, 1995, pp. 21-27.