EL ELOGIO DE MARTÍ

Lo primero que cabe preguntarse es: ¿diría Martí esta frase como tantos elogios que regaló un tanto generosamente o ella responde a un juicio verdaderamente meditado? En Martí es preciso distinguir el elogio hecho a personas de su amistad como Alfredo Torroella o José Joaquín Palma, en el que, arrastrado por la piedad o la simpatía, o por consideraciones patrióticas para él más importantes que las estéticas, se muestra acaso excesivo en el reconocimiento de los méritos, de aquellos otros elogios, ya no influidos por estas motivaciones, en los que enjuicia a figuras de reconocido mérito como Emerson o Walt Whitman. En estos últimos hace gala, por el contrario, de una especie de tumultuosa precisión, mezclando a sus dotes de retratista una agudeza crítica que acaso no ha sido desglosada de sus vastas recreaciones. Existe aún una tercera categoría de juicios, que son los que aparecen con tanta frecuencia en sus frases incidentales, en los que, sin tiempo para desarrollar su pensamiento, cada palabra está pesada y pensada con un máximo rigor. Cuando se trata de figuras históricas del pasado, en la que la gravitación de la persona no es ya directa, esos juicios equivalen a un retrato psicológico mínimo y contienen una crítica muy sintética sobre el alcance de su obra en el tiempo. Así son las líneas que dedica a Lincoln, a Velázquez o a Cervantes; a este género, sin duda, pertenece también su juicio sobre Del Monte. Pasemos a analizarlo.

¿Por qué “el más real”? ¿Tuvo acaso Del Monte la clara posición independentista del primer Heredia, la abnegación patriótica de un Joaquín de Agüero? Es evidente que no. ¿Es que Martí juzgó entonces que el criterio “realista” era otro en aquel momento? Creemos que sí, y que ello está de acuerdo con su obsesión de evitar lo que llamó tantas veces el “sacrificio inútil”, de acuerdo con su idea de que era preciso una preparación ideológica previa y una preparación material cuidadosa que asegurase el éxito de la contienda en la mayor brevedad posible. La falta de estas dos condiciones, ¿no frustró acaso los primeros empeños independentistas? “El más real” entonces. ¿Por qué “el más útil”? Porque si bien la figura de Del Monte careció del prestigio romántico de la de Heredia, es lo cierto que se aplicó a lo que era más urgente en aquel momento. Primero: la educación primaria del país. Segundo: señalar —como Darío “el camino de París”— el camino de la América a nuestra expresión, el camino de lo autóctono —¿no confesó después Martí que los cantos americanos de Heredia le habían inspirado la idea de la libertad? — a la vez de dar a la novela la misión de sensibilizar a las capas más cultas o pudientes del país con el problema de la esclavitud y moralizar las costumbres. Tercero: Librar, con su apoyo decisivo a Saco, su campaña contra la anexión del país a los Estados Unidos. ¿Fue entonces la figura más atractiva? No, pero sí la más útil.

No está de más subrayar aún otra palabra de su frase y es la palabra “cubano”. La cubanía Del Monte le ha sido negada, más por haber nacido en Venezuela, por el hecho de que él mismo se empeñase en aparecer públicamente como un español liberal, empleando en cartas y memoriales expresiones como “nuestro gobierno” o “nuestra amadísima Reina”, etc., pensando incluso en elegirse diputado por una provincia española. Azcárate lo defiende del nombre de “extranjero” que le da Bachiller, afirmando que jamás había conocido a nadie más “cubano” que Del Monte. Y aclara que como hubiera sido utópico hasta la extravagancia dar a las aspiraciones cubanas formas democráticas y republicanas, aceptaba la monarquía constitucional de España, “persuadido que las injusticias y monopolios que se combatían y los derechos que se reclamaban podían combatirse y reclamarse de cualquiera de los dos partidos militantes, del progresista o del moderado, a ambos se extendía su propaganda”. No llegó a confesar a Azcárate que había encontrado más liberalismo a veces en el moderado Bernardo de la Torre que el progresista Olózaga? De él podría decirse lo que Fernando Ortiz dijo de Saco: sus ideas son siempre las mismas: solo cambian la posición. Aquel Del Monte juvenil que confesaba a Heredia que escribía el nombre de Cuba llorando, es el mismo que en sus últimos años en el destierro llamaba entre sus amigos íntimos a Cuba “la Virgen de mis amores”, el mismo que, a la hora de la muerte, en la que no se miente, pedía a Azcárate que le leyera los versos del “adiós a la juventud” de Quintana junto a la leyenda de Rodulfo y Clotilde del cubanísimo Milanés. Muy corto de vista hay que ser para confundir a Del Monte —de una cubanía tan matizada— con un español. Cubano lo nombró Martí, a despecho de su nacimiento y de sus propias declaraciones hechas para oídos españoles, a los cuales, sin embargo, nunca logró engañar.

No queremos terminar el análisis de la famosa frase de Martí en elogio de Del Monte, sin detenernos aún en esa expresión con que él la concluye: “de su tiempo”. Siempre nos ha detenido ese “su” revelador. ¿Por qué “su tiempo”? Hay ahí como una distancia, como si nos dijese que “su tiempo” no es ya el mismo que el nuestro, como si Cuba no debiera ya buscar soluciones en Hispanoamérica, en Inglaterra, en los Estados Unidos ni en España —como pensaron los contemporáneos de Del Monte— sino solo en sí misma. Se ha observado que ya desde su primer escrito sobre El presidio político, Martí consideraba que pedir reformas a España era una verdadera necedad. Quizás si la lección más “útil” que sacó Martí de la vida de Del Monte fue la de haberle quitado los últimos escrúpulos acerca de la responsabilidad de desatar una guerra, haberlo convencido de que ya los cubanos habían agotado todas las vías que conducían a España, los medios racionales, inteligentes, pacíficos de hacerse oír, haber hecho evidente, a los que vinieron después, que el reformismo era ya imposible, que no quedaba ya más vía que la de la Revolución. Y Luz, que es el hombre que no participa ya de la antítesis reformismo-anexionismo, que ve en la esclavitud “nuestro verdadero pecado original”, que le da una raíz desinteresada, no económica, sino ética a nuestro patriotismo, es para Martí alguien bien distinto, alguien que no se cierra con “su tiempo”, sino que va a “fundar” una obra que continuará después de su muerte. Y es por eso que es él, y no Del Monte, al que llama en su célebre elogio: “Él, el padre; él, el silencioso fundador…” Todavía en la última década del siglo su retrato —decía Martí— podía verse en los hogares de los trabajadores más humildes de la emigración, en las salas pobres de los tabaqueros de Cayo Hueso, cuya ayuda iba a ser decisiva para guerra libertadora. Fuerza es reconocerlo, mientras nos despedimos de este último retrato de Del Monte jugando, grave, al ajedrez, ante la mirada impasible de un político español: la figura decisiva de nuestro diecinueve, para Martí, la más impulsadora, aquella que él y todos los cubanos veían con “cariño” de hijos, no sería Del Monte sino José de la Luz.

Tomado de Fina García-Marruz: Estudios delmontinos, La Habana, Ediciones UNIÓN, 2008, pp. 37-41.