MARTÍ: CUBA

Sería difícil citar otro caso de identificación de un país con un hombre, que alcance la magnitud de la encarnación de Cuba en la persona y la obra de José Martí. Todo lo que él hizo y escribió, por alejado que en ocasiones parezca del menester ceñidamente patriótico, parte siempre, ya sea en el plano moral, filosófico o estético, de su agónica preocupación fundamental: conquistar la libertad de Cuba, abrirle vías decorosas a su futuro, situarla justicieramente en el “equilibrio del mundo”, que él vislumbraba cada vez más inestable y amenazador; todo lo cual se resumía en una toma de conciencia histórica, íntima y trascendente, del país en su contexto americano. El primero de los objetivos apuntados consumió su vida, no su previsión. Esta iba mucho más allá de la mera independencia política, adelantándose en forma sagaz y angustiada a los peligros internos y externos que en efecto frustraron aquella independencia. Todo lo que él nos legó, en suma, como ejemplos de acción y letra viva, tiene perenne valor fundacional para la patria cubana y, desde luego, para la patria americana, a la que vio siempre como indivisible madre. Pero no es esto únicamente lo que da la medida de su encarnación entrañable, sino, además, el modo como asume, en su vida y en su obra, en sus discursos y en sus crónicas, en sus cartas y en sus diarios, la originalidad, el sabor y el alma de la patria, uniendo incesantemente a la revelación de nuestras esencias más finas y universales la configuración normativa de nuestro destino.

Dentro de esta dimensión deben destacarse, como textos de capital importancia, el discurso “Con todos, y para el bien de todos”, el artículo manifiesto titulado “Nuestras ideas”, el Manifiesto de Montecristi, la carta al New York Herald de 2 de mayo de 1895 y las últimas cartas a Federico Henríquez y Carvajal y a Manuel A. Mercado. En páginas de este calibre, que no son desde luego las únicas, cristaliza el pensamiento político de Martí. Ya sabemos, sin embargo, que en él no hay página perdida, y que toda su escritura, aun la que pueda parecernos más ocasional, guarda siempre, por la carga intelectiva, emocional o estilística, destellos de su genio. Porque es el caso que siempre, junto a la organización revolucionaria, inextricablemente unida a ella, está la incorporación poética de Cuba, que resplandece en todo lo que salió de su voz y de su pluma, y muy especialmente en sus discursos, retratos, cartas y diarios. La identificación de Cuba y de Martí, que alcanza caracteres sacros, ha de sentirse arrasadora a través de toda su obra, no solo en el aspecto histórico y político, sino también en la perennidad simbólica de un hombre que se convirtió en el acto, el emblema y la palabra inspiradora de su pueblo.

Considerado en la perspectiva interna de Cuba, Martí representa el coronamiento de una breve, pero intensa tradición ética, política y cultural que se inicia en las postrimerías del siglo XVIII. Basta recordar sus evocaciones de aquellos fundadores y los juicios que sobre ellos emitió, penetrados de un sentimiento de entrañable vinculación, para comprender la profunda conciencia que él tenía de pertenecer a ese linaje de próceres liberales, hijos de las fecundas resonancias que en Hispanoamérica tuvieron las doctrinas de la Ilustración, sazonadas después con los fuegos del Romanticismo. Al padre José Agustín Caballero lo llamó “padre de los pobres y de nuestra filosofía”. Habla con veneración de la época en que “salidos de sus manos, fuertes para fundar, descubría Varela, tundía Saco, y La Luz arrebataba”. Con el pensamiento de José de la Luz, de quien hizo uno de sus más bellos elogios, tiene especial afinidad, por su doble corriente empírica y espiritualista. Condena lo que llama, con frase exhaustiva, “la inocencia pintoresca y odiosa del patriarcado”, fundada en la esclavitud, pero advierte que “siempre será honra de aquellos criollos la pasión que, desde el abrir los ojos, mostraban por el derecho y la sabiduría, y el instinto que, como dote de la tierra, los llevó a quebrantar su propia autoridad, antes que a perpetuarla”. No creyó nunca que en los hombres de recta conciencia fuesen decisivos ni la configuración clasista ni el influjo cultural extraño. Creyó en la autoctonía espiritual de cada americano y cubano en relación a sí mismo, a su tierra y a su pueblo.

De Caballero, Varela, Heredia, Saco, Del Monte, Luz —cuyas esencias estaban vivas en el colegio de Mendive —, procede históricamente Martí, pero a todos los supera por la amplitud y profundidad de su genio, por la radicalidad de su visión política y también por la altura de los tiempos que le tocó vivir. No pasaron aquellos patricios de nuestra inteligencia —salvo Heredia en su primera época y Varela en los tiempos de El Habanero— del ámbito reformista y evolutivo, ni tuvieron, con las mismas excepciones, una actitud abierta y combativamente opuesta a la esclavitud y a todas sus consecuencias sociales. Martí surge cuando ya se ha agotado la esperanza reformista, que el autonomismo intentará resucitar sobre las cenizas del Zanjón, y cuando la experiencia de la Guerra de los Diez Años, cuyo primer acto simbólico es la liberación de los esclavos, ha dado al país, primero en los campos insurrectos y después en la emigración, un grado de coherencia social que no conocieron las generaciones anteriores. El propio Saco, frente al ejemplo de la guerra, depone su tenaz desconfianza en el negro como factor integrante de la nacionalidad. Después del ‘78, aunque durante años se agitara maliciosamente el llamado “peligro negro”, la prédica de la indiscriminación racial y económica podrá caer en terreno más propicio. Ningún desmán habían cometido los negros y mestizos y allí estaban, listos al sacrificio, los inmaculados jefes de la raza oprimida.

Otras dos malas tendencias tuvo que combatir Martí: una fue el odio a lo español; otra, el anexionismo. Basta leer el epistolario de Saco, especialmente las cartas de El Lugareño, para comprender que ambas están estrechamente ligadas, sobre todo a partir de la expulsión de Cuba, Puerto Rico y Filipinas de las Cortes españolas en 1837. Martí fue el primer dirigente que propuso a nuestro pueblo, en forma programática, la independencia radical, basada en la igualdad efectiva de todos los cubanos, sin aborrecer las raíces hispánicas ni aceptar la más leve intromisión de los Estados Unidos, que desde principios del siglo veían a Cuba como territorio apropiable, fatalmente destinado a pertenecerle en una forma u otra. Esa independencia le parecía indispensable para asegurar el equilibrio de América y del mundo, y para salvar incluso el honor de España, que en su tradición popular y regional atesoraba las más puras simientes democráticas, y de los propios Estados Unidos, abocados a traicionar los orígenes éticos de sus instituciones. Se anticipó genialmente a los peligros del imperialismo, que para él se cifraban en la creación de una oligarquía parasitaria y en la mediatización económica de la soberanía hispanoamericana. Se anticipó con igual genio a los peligros de la lucha clasista, que iba a sobrevenir como consecuencia ineluctable del imperialismo en América. Hubiera querido destruir, a la vez, la posibilidad del imperialismo y la idea disociadora de clase, pero no estaba en su mano evitarlos como productos fatales del proceso histórico contemporáneo.

La república que él quería para Cuba, según la bosqueja en sus documentos políticos cimeros, sería una república civilista, basada en la libre discusión de todas las cuestiones públicas y en el respeto absoluto a los derechos ciudadanos; una democracia integral, sin privilegios de casta ni clase, sin la menor sombra de discriminación de ningún tipo, fundada en el disfrute equitativo de la riqueza y la cultura, y en la reivindicación de las masas productoras. Aunque no señaló detalladamente para Cuba las normas de un sistema social y económico, de sus principios constantes sobre estas cuestiones, expresados en innumerables páginas, podemos deducir que abogaba por una armonización justiciera de las capas sociales y por una economía nacionalista, asentada en la explotación racional y técnica de los recursos naturales de la Isla, en la diversificación de la agricultura y de la industria y en el comercio libre con todos los países del mundo.

Su obra política muestra un aspecto histórico en el sentido de tarea acabada e irreversible, y una calidad de enorme impulsión de lo cubano y lo americano. En esta última dimensión no puede desprenderse de su hechizo poético. La fusión de política y poesía era también una tradición americana, latente en la categoría que él acuñó de “lo herédico”, a la que vino a dar culminación espléndida y sobrecogedora. La política era para él un menester de salvación individual y colectiva, pues se enraizaba en la cepa estoica ancestral. Era el deber, y era el hado; pero hallándose su fundamento en la patria, y siendo la patria, desde su adolescencia, una absoluta concepción poética, y encarnando también la poesía un menester de salvación, ambos cauces de su espíritu partían de una fuente común.Si conocemos su poética conocemos su política, y viceversa. Ambas están fundadas en la autoctonía y el sacrificio. Autoctonía que no es solo de la tierra por su lado pintoresco y original, sino también la del espíritu que descubre en sus propios misteriosos dictámenes la vocación de fidelidad y de independencia. Vivir de sí, ver y actuar por sí, son expresiones que le acuden incesantes, y que tienen un doble valor poético y político. Pero el hombre en lo caótico de su naturaleza está lleno de contradicciones y pasiones. El equilibrio social, como el íntimo, está continuamente turbado por alguna aberración, algún fanatismo, algún exceso. La acumulación secular de esas injusticias tiene que ser purgada por el hombre como pueblo y como individuo. A la armonía solo se llega por la agonía; a la justicia por el escrúpulo y el dolor. El equilibrio se representa con una balanza al fiel, pero la balanza tiene la forma de una cruz, y “se ha de aprender a morir en la cruz todos los días”. Por eso vemos que su recreación expresiva del mundo se funda en lo que él mismo llamó “el sacrificio de la palabra”, hecho de entrega y de composición participante, prometeica, justa; mientras que los términos del problema social se le presentan reacios a toda mecanización, como drama vivo que es necesario padecer y redimir corriendo los pavorosos riesgos de la libertad. Sacando además las normas, como la inspiración, del alma de la tierra propia, y de sus circunstancias y realidades.

Cuba era para él tierra privilegiada en esos dones, isla representativa y sacra de la libertad. En vano le buscaremos a esta convicción suya fundamentos lógicos, mucho menos históricos. Los que él aporta son más bien telúricos y están ligados a su concepción de América y a su idea de las islas. El hecho es que firmemente creía que el hombre americano, y muy especialmente el cubano, era criatura superiormente dotada para la vida de la libertad en lo político y en lo estético, y que en este sentido le correspondía un papel adelantado y rector. Por otra parte, si en el fondo supeditaba el porvenir de la expresión americana al advenimiento de nuestra real independencia (y de aquí el vínculo secreto entre su destino de poeta y su muerte en el campo de batalla), también es evidente que la política significaba para él un menester artístico, hecho de compensaciones, equilibrios y matices, fundado en la profecía y el sacrificio; y que se propuso componer la revolución y la república con el mismo rapto y la misma exquisitez con que se realiza un poema. En todo ello se sentía intérprete de su pueblo, al que hablaba como a escogido entre los pueblos de América por las superiores circunstancias culturales, sociales e históricas en que se lanzaba a la lucha final contra la Metrópoli, por su situación geopolítica y por el genio mismo de la tierra, el agua, el fuego y el aire de la Isla.

¿Cómo pudo Martí, varón de evangélica piedad, desatar una guerra? Evidentemente sufría de pensarlo; en los últimos tiempos se le torna obsesión. Solo considerando el trascendentalismo absoluto de Martí podemos entender su posición a este respecto, sin olvidar que esa posición en definitiva era, como toda su vida, de esencia trágica. “Por lo invisible de la vida corren magníficas leyes”, dijo; y también, en mil formas: “La tumba es vía y no término”. Porque había en él un redentorismo histórico, pero no de sentido meramente temporal, sino fundado en la unidad de lo visible y lo invisible, del tiempo y la eternidad, de la conducta y la supervivencia. Según hemos dicho en otro sitio: “La naturaleza, la historia, el espíritu: todo responde a leyes; un orden lo corona todo; el azar no existe. Esta idea es en él tan profunda, que en su dimensión religiosa la esperanza parece sustituida por la confianza. Confía en coincidir con las leyes de la luz, y cuando leemos las páginas de sus últimos Diarios, estamos seguros de que su poderoso candor trascedente no lo engañó”. No podía engañarlo, porque esa confianza estaba entrañablemente unida al sacrificio, lo que le quitaba todo viso de paganismo para llenarlo, por vía natural y no dogmática, de las esencias de la revelación cristiana. Martí piensa, y lo repite en los Versos libres y en numerosas crónicas, que el dolor debe ser gozosamente aceptado, y que solo por la aceptación sin condiciones ni flaquezas de la vida dolorosa, podemos salvarnos de volverla a vivir. Idea que parece conciliar la actividad y mística alegría del sacrificio cristiano con creencias orientales en la vida cíclica, según designios de castigo y purificación. El dolor es útil, de utilidad trascendente, porque nos redime de la vida, como si la vida fuera la materia combustible y el dolor el fuego que la transfigura. Hay en Martí un pragmatismo espiritualista y teleológico que nos recuerda una expresión común en la mística española: “el negocio del alma”. Para él, como para los santos, hay que ser virtuosos y aceptar el sufrimiento, no porque estos sean “méritos”, sino porque son lo que realmente “nos conviene”, y lo que conviene a la invisible economía del orden en cuyo seno estamos. La belleza, el bien, el sacrificio, son, antes que nada y en una medida incomparable, útiles. En la dedicatoria de Ismaelillo dice que tiene fe en “la vida futura” y en “la utilidad de la virtud”. Y en la última carta a la madre habrá de escribirle, como si este fuera su testamento religioso: “Tengo razón para ir más contento y seguro de lo que Vd. pudiera imaginarse. No son inútiles la verdad y la ternura”. Tampoco podía serlo —dentro de esa seguridad axiológica que no le impedía ver la maldad o la corrupción del hombre, y sufrir con ella—, la pasión por la justicia.

Cuando Martí veía, en Tampa o Cayo Hueso, bajo la tribuna terrible, las cabezas modestas de los obreros que lo adoraban, ¿sentía la atracción insondable de esas leyes de supremo equilibrio, de fecundación histórica y utilidad trascendente que lo arrastraban a predicar la guerra? “Guerra sin odio”, más aún, en el impulso de su espíritu, redentora también del enemigo. Guerra por la libertad, el más sagrado de los deberes. Pero además él estaba seguro de que el drama no terminaba allí, en el campo de batalla, donde la sangre, por eso mismo, ya no lo espantaba. El drama seguiría en otra parte. Y, sin embargo, y aquí es donde apunta la irreductible esencia trágica de su destino, ¿quién supo como él que cada instante de la vida del hombre es precioso, insustituible, único: cada cambio del aire o la luz, cada inflexión de la voz, cada gesto, destello o rumor incorporado al misterio de la criatura humana?

El tono profético y visionario de sus discursos contrasta con el suave y paterno de sus notas en Patria, con el entrañable y normativo de sus cartas, con el testifical y despojado de sus Diarios. Ninguna dimensión le faltó para llegar al corazón de los cubanos. Expresó el heroísmo de las batallas y el heroísmo del destierro. Asumió lo cubano en su relámpago y en su penumbra; en su sonrisa y en su resistencia; en su filigrana y en su descampado. Al llegar a Cuba empezó a anotar nuestras cosas con un rigor ante la realidad solo comparable al de Rimbaud ante la imaginación. Cada palabra suya sobre el tablón de palma, al trasmutar la cosa en su cuerpo estrellado, la ponía en un sitio donde estará siempre manando lecciones. Así uno de los más grandes y exquisitos poetas de nuestra lengua fue nuestro máximo héroe, el libertador sumo de nuestro espíritu. El arco anhelante, infinito, que va de la contemplación a la acción, él lo completó, porque sus palabras fueron fecundadas por el acto. Al entrar su sangre en la tierra, junto a la vena de agua, su capacidad libertaria no se apagaba en una fecha ni se perdía en los fatalismos históricos. Nuestro pueblo sabía quién era, oía su voz por encima de la impiedad y de la farsa. Su mayor gloria está en que supo hablar a los pobres y a los niños, en que supo vivir y morir por ellos; y en que seguirá iluminándonos como pueblo y como almas, porque su obra en la tierra que lo vio nacer, y en la tierra toda, no tiene fin.

1962

CINTIO VITIER

Tomado de Cintio Vitier y Fina García-Marruz: Temas martianos. Primera serie, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, pp. 9-17.

Edición: Cátedra Martiana (CM) de la UCCFD “Manuel Fajardo”.